Atilio, el chapuzas

Nos situamos en el año 27 de nuestra era. En Fidenas un ambicioso liberto llamado Atilio se propone organizar unos juegos con los que aumentar su riqueza personal. Para ello lo primero que debe hacer es construir un recinto donde albergar los juegos, por lo que se propone hacer un anfiteatro de madera como los que había visto hacer otras veces. Un anfiteatro temporal por el que cobraría entrada y con el que, además de recuperar lo invertido, se prometía pingües beneficios. Sin embargo Atilio no era, ni de lejos, un rico liberto; aunque tenía sus ahorros, la construcción del anfiteatro le suponía una inversión a la que no podía acceder, por lo que optó por reducir gastos en aquello que él creyó oportuno. No colocó buenos cimientos ni entendió necesario realizar buenos agarres de aquella estructura de madera que tanto dinero le iba a hacer ganar.

Todo pareció correcto cuando los obreros de Atilio acabaron la estructura; delante de él un imponente anfiteatro de madera en el que el liberto calculaba alojar a unos 50.000 espectadores. Y así lo hizo, el dinero que cobraba por las entradas de tantas miles de 6a00e5509ea6a1883401b8d101dd71970cpersonas supondría para Atilio un verdadero pelotazo, un negocio redondo sin duda. Sin embargo los dioses no estaban con él; durante los juegos, mientras los gladiadores peleaban, parte de la estructura cedió matando a unos 20.000 espectadores. El desastre se convirtió en la mayor tragedia ocurrida en un edificio de espectáculos en toda Roma. Tras el desastre, Tiberio entendió que fue la falta de inversión inicial de Atilio lo que provocó que la estructura fuera deficiente y provocó la muerte de tanta gente. De este modo el emperador emitió un decreto en el cual exigía un mínimo de 400.000 sestercios de riqueza personal para organizar unos juegos. Un dinero que garantizaba no escatimar en la solidez de la construcción temporal.

No es una cantidad al alzar; 400.000 HS es la cantidad mínima que debe tener un ciudadano para entrar en el grupo de los equites, el segundo grupo más poderoso de la sociedad romana, solo por debajo de los propios senadores. Con esta pequeña anécdota podemos observar varias cosas; por un lado que el amor por los beneficios rápidos ha existido siempre y que, más que nos pese, la cultura del pelotazo es patrimonio de la humanidad. Y por otro lado, y más importante, es que pese a lo que se suele pensar, no todos los juegos eran gratuitos. Es más, la mayoría debieron ser de pago, lo que por otro lado provocaría mayor consideración hacia el magistrado que los organizase gratuitamente.

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