Augusto. Historia de un “asesinado” fallido

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Cayo Julio César Augusto

Prima facie, debemos hacer referencia al dicho popular: No es oro todo lo que reluce, algo que se cumple prácticamente en cualquier caso, aunque en este particular supuesto, tal vez sería más conveniente decir que “no es mármol todo lo que resplandece”… Y es que a pesar de que se le lleve considerando durante más de 2.000 años como un gobernante modélico y un político extraordinario, Cayo Octavio Turino[1], en verdad no fue ni lo uno ni lo otro, sólo hace falta saber leer entre líneas para confirmarlo.

Si bien es cierto que logró hacerse con el poder absoluto en Roma tras las Guerras Civiles[2], que logró transformar sustancialmente la urbe y todos los territorios que de ella dependían, que sin duda reformó en gran medida las grandes deficiencias que a lo largo del tiempo azotaron y erosionaron la República de facto en que nació, allá por septiembre del 63 a.C., a pesar de todo ello, Octavio Augusto jamás logró que su pueblo lo amara como amó a su padre adoptivo: el divino Cayo Julio César.

La prueba del recelo de su pueblo, y en definitiva el motivo de esta reseña, fueron los numerosos complots que se cernieron sobre su persona con objeto de darle muerte y acabar con su reinado.

En primer lugar, siguiendo el orden que nos propone Dión Casio[3], fue durante la Guerra Perusina (Pen. Itálica, 41-40 a.C.) librada entre L. Antonio y un aparentemente debilitado Octavio. Se dice que en esta época, durante la celebración de un espectáculo teatral al que Octavio asistió, vió éste que un soldado romano se había sentado en el palco reservado para el ordo equestris, la baja nobleza, ordenó que se expulsara del lugar al recluta. En ese momento, los partidarios de Antonio aprovecharon para difundir el rumor de que Octavio había mandado torturar y finalmente asesinar al pobre soldado, y que ese era además el destino del resto de la urbe si el triunvirato gobernado por Octavio se prorrogaba en el tiempo. Esto fue motivo suficiente para que entre el público asistente a la obra se formara una turba que por poco no acabó con la vida del despreocupado triunviro. Solo lo salvó la aparición, con vida eso sí, de ese soldado al que supuestamente había ordenado matar. En esa ocasión, Octavio eligió un buen día para dejar su crueldad y su sadismo en casa (no como otras infinitas ocasiones en que miles de personas sufrieron bajo su yugo).

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Marco Vipsanio Agripa

En otra ocasión posterior, tras sus interminables a la par que desastrosas campañas en Sicilia contra Sexto Pompeyo, que finalmente fue derrotado por M. Vipsanio Agripa en Nauloco (36 a.C.), a Octavio se le ocurrió la gran idea de hacer pasar sus tropas  a Sicilia por el estrecho de Messina (por el camino sería recibido “calurosamente” por los lugartenientes de Pompeyo: Demócanes y Apolófanes…). En una de estas maniobras, Octavio se dirigía hacia unas naves que estaban siendo cargadas para embarcar, convencido de que se trataba de sus propios barcos. Cuando a escasa distancia se dio cuenta de que se trataba de las embarcaciones de Pompeyo, echó pies en polvorosa al ser recibido con una lluvia de pilum y flechas pompeyanas, evitando nuevamente por muy poco su captura y posterior ejecución. Leído hasta aquí pido un fuerte aplauso por las aptitudes militares de Octavio, sí señor.

Y fue precisamente en la huida de este episodio, en que Octavio, no contento con ser casi ensartado por una nube de pila, fue víctima de otro intento de asesinato. Esta vez de manos de uno de sus esclavos, que eligió el momento idóneo para recordar el desmedido sadismo que su actual amo mostró en las proscripciones del 43 a.C. en que ordenó asesinar a su anterior amo Emilio Paulo. Súbitamente, el esclavo cogió un pugio, con propósitos evidentes, y solamente gracias a la intervención de los lictores pudo Octavio escapar en esta ocasión de las garras de la muerte, esta vez a manos de los deseos de venganza de un simple esclavo.

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El triunviro Lépido

Sólo un tiempo después, en la misma Sicilia, el tercer triunviro de su alianza, Marco Emilio Lépido, tuvo en sus manos la ocasión de cambiar el curso de la Historia (y ciertamente para algunos fue una lástima que no lo lograse). Con motivo de reducir definitivamente a Pompeyo, y viéndose superado por su incompetencia en el ámbito militar, Octavio mandó llamar a Lépido desde sus provincias de África, con objeto de que éste entrara en la isla de Sicilia para apoyar el avance octaviano y poner fin a las pretensiones pompeyanas. Por este motivo, y antes de la llegada a la isla por parte de Octavio, Lépido desembarcó en Sicilia, tomó Lilibea y avanzó hasta Messina, donde anexionó a sus filas las ocho legiones pompeyanas que allí se guarnecían, obteniendo para sí el mando de veinte legiones completas. Harto de ser ninguneado por Octavio (quién no), exigió Sicilia para sí y una renegociación de los términos del triunvirato. Lástima que no tuviera un liderazgo ni un carisma lo suficientemente grandes como para hacer que las legiones permanecieran bajo su mando. Así, en el trascurso del tiempo, legiones enteras desertaron de Lépido y éste fue despojado por completo de su poder, exiliado e ignorado en la isla de Circeii, en donde terminó leyendo sus augurios como Pontifex Maximus a las aves que habitaban la isla.

Viendo tal humillación en su padre, aquél que antaño había sido el responsable de la formación del triunvirato en Bolonia el 11 de noviembre del 43 aC y era entonces el más poderoso de los tres hombres de Roma, el hijo de Lépido, Marco, urdió una conspiración cuyo animus era acabar con la vida del heredero de César[4]. En el año 30 aC, poco tiempo después de la Batalla de Actium y con Octavio aún en Oriente, Marco Emilio Lépido (hijo) comenzó a preparar el asesinato de Augusto con la ayuda de su madre y hermana de Marco Junio Bruto (asesino de César muerto en Filipos): Junia. El complot habría tenido éxito de no ser por la intervención del mandatario octaviano en Roma, Cayo Cilnio Mecenas, quien descubriendo a los conspiradores, los denunció y ordenó que su cabecilla, el hijo de Lépido, fuera llevado ante Octavio en Oriente con objeto de que lo ajusticiara él mismo.

No se sabe si realmente quien estaba detrás de aquel ardid fue realmente Lépido el triunviro, aunque hay pruebas que así lo demuestran, como el que Octavio mandara que lo trajeran desde Circeii a Roma, en donde moriría encerrado en su villa en el año 13 aC, tras ser sometido a todas las vejaciones posibles por parte del heredero de César, especialmente en el Senado. Si bien también hay pruebas que apuntan a lo contrario, pues pudiendo haber enviado a Lépido junto a su hijo para enfrentarse a la ira de Octavio en Oriente, se le despreció y ni siquiera fue acusado en el complot, pues era considerado incapaz de llevarlo a cabo (otro de los desprecios que sufrió a manos de Octavio).

Ya en el 23 aC, se enjuició a Fannio Cepión y a Proculeyo Varrón Murena como cabecillas de una conspiración para matar a Octavio. Mecenas, que estaba casado con Terencia (hermana de Proculeyo), avisó a su esposa para que esta a su vez ayudara a escapar a su hermano, pero ya fue demasiado tarde. Cepión y Proculeyo fueron finalmente ajusticiados y crucificados y Mecenas perdió desde entonces la confianza de su emperador para no recuperarla jamás.

También serían ejecutados por traición Marco Egnacio Rufo (muerto en el 19 aC)[5], el esposo de su propia nieta (Julia la menor) Lucio Emilio Paulo (entre el año 1 y 14 dC), Telefo, un esclavo que se creía destinado a dirigir el Imperio y un mercenario ilirio de nombre desconocido que una noche se escondió en sus aposentos tras burlar a la guardia pretoriana.

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Agripa Póstumo

Por último, Suetonio menciona una última conspiración fallida, quizás una de las más elaboradas y peligrosas, perpetrada por Lucio Audasio y Asinio Epicardio, que planearon secuestrar a Julia la mayor, hija de Octavio y a su hijo, el desterrado Marco Vipsanio Agripa Póstumo, con objeto de hacerle el líder de una nueva Roma imperial arrebatada de las frías manos muertas de Octavio, al que vencerían en una nueva guerra civil. El ardid falló, ambos fueron ajusticiados y Roma respiró aliviada.

Concluyo este artículo de la misma forma que lo he empezado, diciendo que no es mármol todo lo que resplandece. Y a pesar de que la Historia solo la escriben aquellos que vencen, ha llegado el momento de acabar con 2.000 años de subjetividad octaviana y mostrar al emperador tal cual fue, con sus virtudes y sus defectos. Aunque, por el papel que me toca, que otros se encarguen de ensalzar sus virtudes (que adeptos no le faltan), que ya me encargaré yo de reseñar sus defectos, que también tenía y en gran número.

 

Marcvs Antonivs, Marci fili, Marci nepos.

Artículo escrito por @MAntonius.

[1] Posteriormente nombrado como Cayo Julio César (Octaviano), posteriormente conocido como Cayo Julio César Augusto, primer emperador de Roma (27 a.C.-9d.C.).
[2] SUETONIO TRANQUILO, Cayo, “Vida de los Doce Césares: Augusto” (Divus Augustus. De vita duodecim caesarum), Libro II, punto IX. Trad. NORBERTO CASTILLA, F., National Geographic Historia, Barcelona, 2004. En su obra, divide las guerras civiles de Octavio en cinco: Mutina (contra M. Antonio), Filipos (contra los cesaricidas M. Junio Bruto y C. Casio Longino), Perugia (contra L. Antonio), Sicilia (contra S. Pompeyo) y Actium (nuevamente contra M. Antonio).
[3] CASIO COCEYANO, Dión, “Historia Romana”, Volumen 2 (Libros XXXVI–XLV) y 3 (Libros XLVI-XLIX), Ed. Gredos, Madrid, 2004 y 2011.
[4] CASIO COCEYANO, Dión, “Historia Romana”, Volumen 4 (Libros L–LX), Ed. Gredos, Madrid, 2011 (LIV, 3, 5).
[5] FRASCHETTI, Augusto, “Augusto”, Alianza Editorial, Madrid, 1999 (pg. 86).

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2 Comments

on “Augusto. Historia de un “asesinado” fallido
2 Comments on “Augusto. Historia de un “asesinado” fallido
  1. Si señor, me ha encantado. Ya era hora de que alguien le pusiera los puntos sobre las íes al traidor más grande a la Historia de Roma y al Legado de Julio César. ¿Para cuándo el próximo? jajajajajajaaa

    Hay que seguir con la propaganda antoniana…aunque llegue con 2.000 años de retraso. XD

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