Biografias: Catón el Joven.

Así me ven muchos siglos después de mi muerte.

Me llamo Marco Porcio Catón, senador de la República de Roma, defensor de la virtud romana, de las leyes y las costumbres de nuestros antepasados. Mi vida la he sacrificado desde jóven a mi deber como romano honorable, dirigiendo los asuntos públicos con pulcritud y combatiendo esa lacra corrupta que se apodera de Roma, echándola a manos de esa plebe voluble y caprichosa. ¡Qué indignidad ver a esos nobles romanos vestir con todos los lujos contradiciendo la virtuosa austeridad romana! Recuerdo en mi juventud mis conversaciones con Sila, creíamos que llevaría a Roma de nuevo a la senda de la rectitud después de los desmanes demagógicos de ese provinciano de Cayo Mario, pero le faltó más mano dura… y se lo reproché, pese a saber que contradecirle era un riesgo, yo lo hice, nunca me dio miedo decir lo que pienso. Pero Sila se retiró y Roma volvió a los malos hábitos, la corruptela, la demagogia… Recuerdo cuando salí elegido Tribuno de la Plebe y ayudé a mi amigo Marco Tulio Cicerón, que había sido elegido cónsul menor el mismo año. Juntos llevamos una labor encaminada a dignificar Roma. ¡Ay! Y como destapamos la conspiración de ese traidor de Catilina y todos sus secuaces, que merecían ser arrojados por la Roca Tarpeya para servir de escarmiento a toda Roma. Pero ahí estaba ese maldito César, ambicioso y tirano, que ya por entonces ansiaba la corona de Roma. Seguro que conocía de la conspiración, por eso defendía el exilio de los traidores, maldito sea, los dioses del infierno se lo lleven.

Ahí empezaron ya a entenderse muy bien Craso, Pompeyo y César, pactando los cargos entre sus amigos, repartiendose la República. Populistas, se ganaron al populacho con medidas que iban contra las costumbres romanas… Maldito sean; Craso ponía su fortuna al servicio de los
intereses de ese triunvirato ilegal, Pompeyo su carisma como general mientras el César maniobraba y mejoraba su posición. Recuerdo como sus secuaces tuvieron la osadia de arrestarme mientras me dirigía al Pueblo de Roma oponiendome a su labor como cónsul ¡Qué desvergüenza! Y para librarse de mi me encomendaron el gobierno de Chipre, incluso mis amigos me pidieron que me fuese… ¡Yo era el que defendía Roma contra la demagogia y la corrupción que reinaba! Abandonado por mis amigos, marché a Chipre, a poner órden y dar ejemplo de gobierno de una provincia. Recuerdo como desde el principio tuve que limpiar a la propia administración, que me ofrecían todo tipo de riquezas producto del desfalco y el robo. Presenté unas cuentas perfectas, ejemplo de moralidad romana que tanta falta hacen, pero Neptuno no me fue favorable y todo se perdió en el mar, y mi propio libro de cuentas se quemó… Seguro que César estuvo detrás de todo, pero no pude demostrarlo. Volví a Roma, y gracias a mi prestigio evité ser acusado de robar el dinero de Chipre.. ¡Incluso quisieron recibirme con honores a todas luces ilegales!

Ay Pompeyo, no fuiste capaz de defender la República.

Recuerdo que Craso murió por entonces, y que el triunvirato ilegal empezó a decaer para romperse finalmente con la muerte de Julia, la hija de César y esposa de Pompeyo. En Roma continué con mis obligación de defender Roma desde el Senado, esperando que César diera un paso en falso para juzgarlo por los turbios asuntos de Hispania, y sucedió ¡vaya si sucedió! Inició de forma ilegal, sin permiso del Senado, ni con las debidas ceremonias religiosas, una guerra contra la Galia. César, ciego de poder y gloria, buscando riquezas invadió con un ejército territorio de nuestros vecinos. Las sesiones del Senado se volvieron duras, César tenía comprados muchos senadores que lo defendían, incluso el propio Pompeyo – todavía vivía Julia – lo defendió, vetando cualquier moción contra él. Pero, tras la muerte de la muchacha, Pompeyo abrió los ojos, y vio como la plebe estaba engatusada a favor de César, cuya gloria militar crecía por encima de la suya a costa de su guerra ilegal. Fue una época complicada, en la calle indignos nobles romanos como Clodio Pulcro intentaron hacerse con el poder de Roma engañando a la plebe con promesas y demagogia.

Tras años de guerra ilegal César mandó una petición para poder presentarse en ausencia a su segundo consulado ¡Otra ilegalidad más! Defendí la necesidad de procesarlo por todos los delitos en el Senado, hasta quedarme sin voz. Ayudé a Pompeyo a que maniobrase políticamente (dioses, este hombre era un gran general, pero un político muy torpe), y conseguimos parar los pies a ese inmoral César que solo buscaba su gloria. El Senado le exigió que abandonase el mando de su ejército y volviese a Roma si se quería presentar, y así poder atraparlo y juzgarlo por sus delitos. Pero, como su amigo Cayo Mario había hecho, marchó con su ejército contra Roma ¡traición! ¿Cómo osaba en apuntar con sus armas contra la propia Roma? El Senado, o mejor dicho, los senadores leales a Roma le ofrecimos al gran Pompeyo la defensa de Roma, y el muy insensato decidió abandonar la ciudad e irse a Grecia, donde presumía que tenía muchos clientes. Me opuse, claro está, no podíamos abandonar la ciudad a ese tirano que aspiraba a ser rey, la saquearía sin miramientos, y pasaría por la espada a todos los que no sean sus partidarios, pues así actúan los tiranos.

Maldito César, traidor y tirano.

Pero fue manipulador, y mandó mensajes que ofrecían el perdón ¿Cómo podía perdonar él nada si era precisamente él quien actuaba ilegalmente? Muchos de nuestro bando cayeron en sus promesas, la traición se extendía por Roma a paso ligero. La guerra en Grecia empezó bien, ganamos el primer enfrentamiento, pero cerca de la ciudad de Farsalia, el maldito Pompeyo se confió y cayó derrotado ante un ejército más pequeño. De ahí tuvimos que huir, por lo que he oído, a Pompeyo le cortaron la cabeza cuando llegó a Egipto. Otros senadores como mi amigo Bruto se rindieron ante el tirano, quien les devolvió cargos ¿pero quien era César para darle nada? Había secuestrado Roma, la había tomado por la fuerzas y ahora actuaba como un rey, dando las magistraturas. Yo por mi parte fui con Metelo Escipión a seguir defendiendo Roma, y nos desplazamos hasta África, hacia la ciudad de Útica, para continuar allí con la resistencia al traidor César y todo su estado ilegal.

Pese a nuestros loables objetivos, los dioses caprichosos no nos dieron la victoria sobre el ejército de César en nuestro enfrentamiento cerca de Tapso, pese a tener el apoyo del rey Juba I. Habíamos perdido nuestro ejército, solo nos queda pedir perdón, y arrodillarnos ante el tirano. Me niego, rotundamente, a vivir en un mundo donde traidores como César gobiernen. Cuando termine estas lineas, me arrojaré sobre mi espada y abrazaré una muerte digna, como un buen romano. No podrán decir jamás que Marco Porcio Catón se arrodilló ante ningún tirano, que no vivió como un romano, ni que no tuvo el valor a la hora de morir. Yo defendí Roma hasta mi último aliento. Yo te maldigo Cayo Julio César, a ti y a todos tus secuaces, que los dioses infernales te lleven. Lo siento Metelo Escipión, espero que sepas que tienes mi cariño, y que elijas morir con dignidad antes que entregarte.

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on “Biografias: Catón el Joven.
One Comment on “Biografias: Catón el Joven.
  1. Muy buen articulo! me dio escalofrios! que dificil momento que pasaba Caton! y tambièn Cicieron y los demas senadores leales a Roma. Que paradoja tener que abandonar su paìs, para defenderlo de la tiranìa y la traiciòn. Me sorprende que Pompeyo, siendo un excelente estratega militar segun lo antecede su fama, haya tomado esa decisiòn. Sin lugar a dudas Julio Cesar contaba con un gran apoyo militar. Recomiendo “La columna de Hierro” de Taylor Caldwell, relata esta epoca desde la optica de Marco Tulio Cicieron.

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