De la Monarquía a … ¿la República?

Habíamos dejado a una Roma bajo una monarquía, siete reyes oficiales – si hacemos caso a las fuentes – habían pasado con mayor o menos gloria por el trono romano. El último es el paradigma de la malévola tiranía totalitaria de un monarca; vividor, injusto, déspota, despiadado… una joya. Era Tarquinio, llamado el Soberbio, que incluso en su ascenso al trono estuvo marcado por los malos presagios; asesinó a su predecesor (que a su vez era su propio suegro) Servio Tulio.
Desde el principio se mostró como un déspota, eliminando a líderes senatoriales que guardaban lealtad al difunto Servio Tulio, a la vez que rompía con toda tradición romana al gobernar sin el consejo de los patricios, lo cual, como es normal, terminó con una política de miedo que las familias ricas no iban a tolerar. Pese a la fama, parece que llevó una política de expansión exitosa, consiguiendo mantener una estable paz con los etruscos y conseguir tener una liga latina que garantizaba un nutrido ejército para las campañas. Así mismo fue él quien construyó el templo de Jupiter Optimus Maximus, e inició las obras del Circo Máximo.

Representación del suicidio de Lucrecia

Ya hemos visto que a los romanos les motivaban las grandes historias, y esta no se va a desarrollar de otra manera; durante un asedio a la ciudad de Ardea, el rey Tarquinio envió a su hijo Sexto a Collatia – una población cercana a Roma – para tratar unos asuntos. Ante la visita, Sexto es recibido con toda la hospitalidad en la casa del pretor de la ciudad, Lucius Tarquinius Collatinus, familiar del rey. Pero este se encontraba ausente, y en la casa solo se encuentra su bella esposa, Lucrecia. En un arrebato – o, según algunas fuentes, siguiendo un plan que tenía pensado – Sexto aprovecha la oscuridad de la noche para entrar en la habitación de Lucrecia y violarla. Tras este horrendo hecho, Sexto huye junto a su padre, mientras que Lucrecia llama a su esposo y a su padre, un ilustre romano llamado Espurio Lucrecio Tricipitino, le relata lo ocurrido y, acto seguido, se suicida diciendo “¡Ninguna mujer quedará autorizada con el ejemplo de Lucrecia para sobrevivir a su deshonor!”. Las fuentes cuentan cada una su propia versión, divergiendo entre los presentes en el suicidio, o cómo fue que Bruto, en teoría antecesor lejano del Bruto involucrado en el asesinato de Julio César siglos después, se hizo con el liderazgo de la revuelta que acabaría con la Monarquía en Roma. Pero Tarquinio no iba a rendirse, exiliado en Clusium, incitó al rey etrusco Porsena a atacar Roma y devolverle el trono. Se produce en este contexto el capítulo de nuestro amigo Cocles. Aquí las fuentes difieren una vez más, algunos dicen que no fue capaz de tomar la ciudad, otros que lo hizo, pero que su plan era apoderarse de Cumas, una colonia griega mucho más próspera que la Roma. Sea como fuera, Porsena tuvo que replegarse tras una derrota contra Aristodemo, rey de Cumas, y abandonó Roma – muchas fuentes romanas apuntan que fueron los propios romanos quienes lo expulsaron. Acto seguido, para evitar un nuevo capítulo despótico de un monarca, los senadores liderados por Bruto – que era sobrino del propio Tarquinio – establecen una República gobernada por una magistratura colegiada que serán conocidos como los pretores, y que con el tiempo serán los Cónsules. Los primeros pretores serán el propio Bruto y Tarquinio Colatino. Los dos consules eran colegas y se encontraban en un mismo plano de autoridad, repartiéndose las competencias político-militares que habían pertenecido al rey, mientras que se creó para ciertas ceremonias religiosas la figura del Rex Sacrorum, que poco a poco se irá convirtiendo en el más conocido Pontificex Maximus.

width="225" height="300" /> Busto de Marco Bruto.

Que la historia es poco creíble, sin contar que las fuentes se muestran en ocasiones contradictorias, es algo que no vamos a descubrir ahora. Pero resulta aún menos convincente la posibilidad que, de la noche a la mañana, Roma se convierta en una República, y encima sus primeros gobernantes sean familiares del rey depuesto. Además, el propio Bruto obligó a exiliarse a su colega, Colatino, bajo pretexto de portar el funesto nombre de Tarquinio, y que Roma debería estar libre de ese nombre para salvaguardar el nuevo estado (resulta paradójico que el propio Bruto fuese familiar más directo que Colatino de Tarquinio). Bruto se salió con la suya, y tras el exilio de Tarquinio Colatino, es nombrado como colega en el cargo a su amigo Publio Valerio. Este comportamiento da mucho que pensar y muestra cierto grado de despotismo. Poco tiempo después, los propios familiares de Bruto conspiraron para volver a formar una monarquía en Roma; la conspiración fue abortada y sus protagonistas, incluido dos hijos de Bruto, ejecutados por traición.

Si miramos el contexto a finales del siglo VI a.C. en Italia, Etruria perdía poder y muchas ciudades se desprendían del yugo que los etruscos habían ejercido, sobre todo en la zona del Lacio. Roma sería una de estas que, como dejamos caer en otro artículo, es muy posible que viviera bajo una dinastía de reyes etruscos impuestos. Esto hace pensar que el movimiento no fue tanto en el sentido de un cambio de sistema, como la sustitución de un rey entendido como extranjero por uno propio, o una diarquía que permitiese que los reyes se controlasen mutuamente. Bruto murió en las revueltas del 509, el mismo año de la expulsión del rey y resto de Tarquinios, y es su colega, Publio Valerio, que ostentará el título de Publicola, quien lleve a cabo el proceso de normalización de Roma. Según las fuentes, Publicola fue elegido para gobernar cuatro veces entre 509 y 504, fecha en la que muere, lo cual puede significar que fue él quien asumió de facto la dirección hacia la construcción de la temprana República. Y aún así, el sistema romano distaba mucho de ser estable, y debemos esperar medio siglo, hasta la llegada de los Decemviros (gobiernos de diez hombres) para ver que se eligen los cónsules y es un sistema más parecido al que todos conocemos. Todo apunta que, tal como pasó tras el asesinato de Julio César, los conspiradores sabían qué querían hacer – expulsar al rey – pero no que querían luego, y fue una serie de ensayo-error lo que llevó a Roma a convertirse en una poderosa República, pero eso, es material para el siguiente capítulo.

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