César: Pontifex Maximus.

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Cayo Julio César

Una carrera política de éxito nunca ha estado carente de peligro. Y más cuando ésta se basa en un plan que conlleva, irremediablemente, el uso de grandes sumas de dinero personal para ganarte el cariño del pueblo – que se traducirá, quieran los dioses, en la elección en el siguiente puesto en tu carrera política –. Esto en la época de la República Romana era el pan nuestro de cada día; garantizar una prometedora carrera por el Cursum Honorum tenía un precio prohibitivo para la inmensa mayoría de la sociedad, incluidos algunos de los más prominentes senadores. En esta situación se encontró el joven Cayo Julio César, cuya situación económica no era muy boyante. Conocedor de esta realidad, pero dispuesto a no dejarse frenar por ninguna condición adversa el joven César se lanzó a la carrera política con todos los medios que fue capaz de encontrar. Cuando César fue elegido edil, un cargo que se ocupaba en el día a día de la ciudad (encargado de los mercados, las calles, la seguridad ciudadana…) y más importante, desde el punto de vista personal de un joven con fuertes ambiciones políticas; la organización de los juegos, y uno de los primeros puestos del Cursum Honorum, el joven político ya se encontraba en deuda con varios prestamistas romanos, que dejaros llevar por la innata capacidad de convicción del joven César o por su prometedor futuro, le dieron fuertes sumas de dinero para lanzar su carrera.

Organizar unos buenos juegos podía catapultar la recién comenzada carrera de un ambicioso magistrado romano. Y vaya si César lo sabía bien que, ni corto ni perezoso, pidió más dinero prestado aumentando sus deudas, convencido de ser capaz de ganarse el cariño del pueblo a base de sestercios. Con todo el dinero prestado organizó fabulosos juegos, llegando incluso a desviar el Tiber para inundar el circo para celebrar una naumaquia (representación de un combate naval). El peligro era evidente, las magistraturas no eran remuneradas y la cantidad de dinero obtenido mediante prestamos que consiguió César solo lo podría devolver si conseguía continuar su carrera política, alcanzar alguna magistratura con imperium y poder iniciar alguna guerra con cuyo botín pagar las deudas. Una jugada muy arriesgada, y común en el juego político romano, que se podía ir al traste a las primeras de cambio.

Pero Julio César se mostró como un favorito de la Fortuna, al poco de acabar su cargo de edil fallece Cecilio Metelo Pío, Pontifex Maximus, un cargo de enorme autorictas y dignitas. Gracias a su gran labor como edil, César consigue ser elegido para el cargo, lo que, pese a no garantizarle beneficios económicos, aumentaba ya de por sí sus posibilidades en la disputa de las distintas magistraturas romanas. Pero los problemas no se solucionaron, algunos prestamistas querían empezar a recuperar su dinero y difícilmente un buen político en Roma no carece de enemigos. Es por esto que, el día que iba a ser nombrado , conocedor de la amenaza que pendía sobre él, se dirigió a su madre Aurelia y le dijo “Madre, hoy verás a tu hijo muerto en el Foro o vistiendo la toga de sumo pontífice”.

Es evidente que en la vida hay que arriesgar para conseguir nuestros objetivos, aunque no siempre de forma tan radical como el joven César. Muchos se quedaron por el camino, muertos algunos en el Foro por no ser capaces de pagar sus deudas o exiliados de Roma, pero otros consiguieron sus propósitos, pues aunque el peligro era grande, su objetivo merecía la pena, y siempre tuvieron bien presente las posibilidades reales. No fue César un jugador político descerebrado, su carrera – aunque no falto de tropiezos – estaba detenidamente pensada y los riesgos calculados. El joven Julio César conocía sus capacidades y muchos prestamistas en Roma, como su colega Craso, estaban convencido que llegaría lejos.

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