Cincinato: El Dictator Agrícola.

Los romanos, como muchas otras culturas, cultivaron la costumbre de magnificar a sus antepasados, creando auténticas personificaciones de los valores y la moral romana. Ya hablamos en su momento en uno de ellos, un héroe en todo los sentidos, Horacio Cocles, pero hoy traemos otro tipo de héroe, con otras características; Lucio Quincio Cincinato. Nos situamos en el siglo V a.C la República acaba de ser fundada tras la expulsión del rey y el sistema sigue ajustándose de la teoría a la práctica. Dada la inestabilidad interna, Roma se convierte en una víctima fácil para los enemigos, entre ellos los siempre belicosos Ecuos y Volscos. Temiendo el ataque, el Senado decide que la única forma de defenderse es nombrar a una persona para que tome los poderes absolutos y defienda Roma. Es decir, nombrar a un Dictator.

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Cincinato abandona el arado para dictar las leyes a Roma.

Al mirar los posibles candidatos, el Senado decidió que el más adecuado era un tal Quincio Cincinato quien había ocupado el cargo de cónsul poco antes de forma muy satisfactoria. Pero nuestro protagonistas no estaba en ese momento en la reunión del Senado, si no que se encontraba en su granja, al otro lado del Tiber. Aunque en un primer momento podemos suponer que estaba retirado de la vida pública, disfrutando de un merecido descanso, nada más alejado de la realidad: según las fuentes antiguas, en el momento de recibir el nombramiento, Quincio Cincinato estaba ocupado arando él mismo sus tierras. Ni corto ni perezoso, aceptó el encargo senatorial y al día siguiente se presentó en el Foro vestido con la toga apropiada y llamó a los ciudadanos a las armas. Tras
conseguir una aplastante victoria, en algo más de dos semanas, abandonó el cargo de Dictator – que tenía una duración de seis meses – y volvió a retomar sus labores agrícolas.

De esta historia queremos destacar dos visiones; por un lado la propiamente romana, que destaca el sacrificio por el bien de la República de Cincinato, además del poco apego por el poder absoluto que muestra nuestro protagonista. Por otro lado destaca como muestra que un buen político, digno y respetado, es primero de todo un propietario y agricultor, que trabaja con sus propias manos. Y es que en el mundo antiguo se denostaba aquellas personas cuya riqueza residía en actividades económicas que no eran la agricultura. Tanto era así que, para mantener la dignidad entre las filas del Senado, los senadores tenía prohibido poseer embarcaciones de mucho calado para evitar que su riqueza naciera de esta actividad tan poco digna como el comercio. Como es natural, hecha la norma, hecha la trampa, y los senadores sabían encontrar las vueltas y sacar tajada de tan lucrativa actividad.

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