Comercio: entre fe y beneficio

octavio_augusto

César Augusto, fundador del Imperio

Intentar saber qué se le pasaba por la mente a Augusto cuando creó un sistema monárquico sobre una ficticia estructura republicana es conjeturar y especular. Sabemos que a pocos dentro del Senado y del naciente Imperio se les escapaba que la realidad política había cambiado pues, aunque pocos habían conocido realmente cómo era la República realmente, sabían a ciencia cierta que no era aquello que el joven Augusto había levantado. Sin embargo, el sistema funcionaba y la estabilidad política supuso la vuelta a la actividad económica normal y, con ella, a los beneficios de las élites. El emperador se entendía como el garante último del buen funcionamiento del sistema; él era responsable de los cultivos, la repartición de alimentos y de la seguridad, lo cual permitía mantener un régimen de transacciones con garantías.

Era la clave del sistema; los intercambios comerciales en la Roma Imperial, se basaba en la simple confianza en que se iba a obtener un cierto beneficio, una confianza que nacía y moría en el propio emperador. Los comerciantes no necesitaban más para embarcarse en proyectos comerciales; una mercancía, un destino y un beneficio, de lo demás ya se encargaban ellos mismos. Esta confianza en el emperador pasaba por sus propios representantes; si una persona mantenía cierto prestigio, su buen hacer en los cargos públicos estaba fuera de toda duda y las actividades comerciales fluían sin problemas. Este ambiente de fe en la administración explica que el estado romano fuese poco dado a legislar sobre materia económica, de hecho lo hizo pocas veces y cuando lo hizo se mostró terriblemente ambiguo. Este comportamiento es normal si recordamos que las actividades comerciales no eran una fuente de beneficio lícita para las élites cuya posición debía fundarse en su papel de grandes terratenientes.

Curiosamente hubo emperadores que si se mostraron muy activos en la legislación de las actividades comerciales, como son Calígula y Nerón, cuyo trabajo sobre el tema no es para nada desdeñable. Sin embargo, la tónica general durante los dos primeros siglos del Imperio fue una dejadez sobre los asuntos comerciales que se sustentaron en la misma inercia que N08927_280_e--644x362llevaban y en, como hemos dicho, la confianza en el emperador que garantizaba los mínimos necesarios para unas actividades beneficiosas. Sin embargo, la creciente dejadez de los cargos públicos, llamados a ser la parte visible de la confianza en el emperador, supone que la ciudadanía empieza a observar que el emperador, garante de las condiciones necesarias para el desarrollo de su actividad, está incumpliendo su labor. Si a esto le añadimos los preocupantes sucesos que empezaron a producirse en las fronteras a lo largo de la segunda mitad del siglo II (partos, germanos, mauri…) la sensación del imperio hace inseguros las esperanzas de beneficio de las operaciones mercantiles se reducen y por tanto la economía comercial decrece.

Esto repercutió en la riqueza de los comerciantes, en su mayoría libertos y gentes un escalón por debajo de la élite, que eran, a la vez, quienes sustentaban el sistema de evergetismo municipal, clave del éxito económico imperial. Este colapso de las economías municipales supuso la necesidad de Roma en financiarlas, cosa para la que no estaba en absoluto preparada a finales del siglo II y no lo estaría hasta casi un siglo después, cuando Diocleciano levantó un Imperio con una carga impositiva mayor y una burocracia impresionante. Una evolución del estado romano que supuso una profunda crisis que llevó, como ya dijimos, a tener que repensarse.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *