De cuando Apio Herdonio conquistó Roma

Sucede en muchas ocasiones, y ya se ha mencionado en este blog, que las fuentes antiguas tienden a dulcificar un poco el pasado. Aunque bien podríamos achacarlo a un intento más o menos consciente de crear una historia más venerable que la real, lo cierto es que para el historiador actual se convierte en un pequeño obstáculo que salvar para aclarar lo que realmente pasó. Este fenómeno se hace constante a medida que viajamos más y más hacia atrás; sí nos sumergimos de lleno en los primeros tiempos de Roma, los anacronismos y las historias a todas luces fantásticas asoman en las fuentes como las flores en primavera. Para ilustrar este ejemplo hablaremos del curioso caso del sabino Apio Herdonio.

Idealización de la colina Capitolina

Los hechos se sitúan en el siglo V a.C. cuando nuestro protagonista anuncia “a sus amigos” un plan para acabar con la hegemonía de Roma sobre la zona del Lacio. Un plan que tuvo, aparentemente, el beneplácito de los allí reunidos y convinó a Apio Herdonio a reunir un ejército. Un ejército por llamarlo de alguna manera; Herdonio “reunió a sus clientes y a los más atrevidos de sus seguidores”. Era poderoso este Apio Herdonio, pues entre clientes y seguidores reunió a unos cuatro mil hombres. Rodeado por tanto de todos sus amigos, clientes y seguidores se apresuró por el Tíber hacia Roma, desembarcando en la zona del Capitolio a eso de la medianoche, aprovechando que los romanos – gentes de orden – dormían plácidamente ajenos al peligro que se cernía sobre ellos. Todo le salió a pedir de boca a nuestro sabino Herdonio, pues tomó buenas posiciones en el Capitolio sin necesidad de mucha lucha. El plan tras asegurar las posiciones en el corazón de la ciudad era simple: llamar a la rebelión a los esclavos, ayudar a los más necesitados y hacer partícipe de los beneficios a los plebeyos – enfrascados en esos momentos en la famosa disputa patricio-plebeya –. Sin embargo, a Apio Herdonio le salió mejor la parte militar que la parte propagandística; ningún romano, plebeyo o esclavo, se pasó a su bando y la situación se estancó.

Por su parte, Roma se sumía en un pequeño caos. Con parte de la ciudad tomada por el enemigo y la población a la gresca con motivo de los derechos de los plebeyos, la respuesta a la agresión externa se dilató bastante tiempo. Los tribunos convidaban a permanecer impasibles hasta que los patricios abriesen la mano con sus derechos. Los patricios, por su parte, se negaban a ceder en nada y alertaban del riesgo que la postura que tomaban los plebeyos suponía para el futuro de la ciudad. Todo esto con Apio Herdonio y sus amigos llamando a la libertad desde el Capitolio. Afortunadamente para Roma, finalmente se convenció a los plebeyos de la necesidad de defender con presteza la ciudad y acabar con la amenaza que los sabinos suponían. Claro está que junto a las palabras hubo muchas promesas que, si bien los patricios negarían una vez conjugado el peligro, los plebeyos tomaron como verdades absolutas. La batalla posterior fue, según las fuentes, una auténtica carnicería – es siempre difícil asaltar una posición elevada y bien defendida como tenía Apio Herdonio en el Capitolio –. Sin embargo, pese a las bajas, los romanos tomaron la colina, eliminaron a los sabinos incluido Apio Herdonio y Roma volvió a la normalidad (entendiendo “normalidad” como la situación de tirarse los platos a la cabeza internamente).

Ilustración moderna de la Secessio Plebis

La cuestión que mencionaba al principio de este texto era que las fuentes antiguas suelen dulcificar el pasado. Este episodio de Apio Herdonio es un claro ejemplo por varios motivos. Por un lado está el hecho de que Apio Herdonio reúna a unos amigos, clientes y seguidores y en una noche, sin mucha dificultad, tome el corazón de una ciudad, Roma, que en teoría era una poderosa y estructurada polis. Si analizamos más en profundidad este pasaje y otros parecidos llegamos a la conclusión no que Apio Herdonio era un genio militar, sino más bien que frente a la imagen de una Roma plenamente constituida en el siglo V a.C. estamos aún en una ciudad en ciernes, sin una estructura fuerte más allá de las relaciones personales entre las diferentes familias poderosas. Es decir, no es que Apio Herdonio fuera un loco que se metió en una guerra by-the-face (que también), sino que seguía una costumbre de la época de hacer la guerra de manera privada, recurriendo a los clientes y amigos para armar unas fuerzas de combate. Apio Herdonio, al igual que las cabezas de las principales familias romanas, eran una suerte de señores de la guerra que luchaban por intereses privados frente a un poder estatal que aún estaba en ciernes.

Lógicamente para los autores posteriores, el éxito inicial de Apio Herdonio a la hora de tomar posiciones en el corazón de Roma debía explicarse de alguna forma mejor. No se podía pensar que Roma era una ciudad dividida, sin un poder central fuerte y con unos magistrados – si realmente los había – con un poder dependiente de los patricios. De esta forma las miradas se pusieron en el pueblo, y más concretamente, en la negativa de parte del pueblo a defender la ciudad. No es que Herdonio tuviese éxito, es que los plebeyos, malos patriotas, le dejaron ganar para poner en una posición de presión a los patricios. Y todo solucionado.

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