De cuando el Imperio tuvo que repensarse…

Busto de Caracalla.

Actualmente, escudados en la crisis económica, los gobiernos buscan como locos aumentar los ingresos. Desgraciadamente (para los gobiernos), la base social sobre la que recaen generalmente esta búsqueda (es decir, los impuestos) es limitada. Ante una situación similar se encontraba el Imperio Romano a comienzos del siglo III; la economía romana, basada principalmente en los beneficios obtenidos en las guerras de conquista, estaba en horas bajas, de hecho no hubo una anexión realmente importante de territorio desde hacía prácticamente un siglo (cuando Trajano conquistó la Dacia) y además, debido a la inestabilidad política, muchos emperadores tuvieron que aumentar el salario de los soldados para ganarse su favor. Es decir, una bajada en picado de los ingresos sumado a un aumento paulatino y constante de los gastos. Ante esta situación, la salida más común sería emprender una dura campaña militar contra algún vecino y robarle todo lo que se encontrase (en ocasiones no hacía falta ni quedarse con el territorio), pero a principios del siglo III no había enemigos ricos que fueran “fáciles” o rentables; en el norte de Britania, los pictos no eran un pueblo precisamente rico, y su alta belicosidad no hacía rentable emprender ninguna campaña contra ellos. En las fronteras continentales, las tribus germanas mantenían una alta atomización y era imposible someterlos por muchos que fueran vencidos en el campo de batallas (como tuvo que sufrir Marco Aurelio). La única frontera donde existía cierto grado de riquezas que permitiera cierto respiro a las arcas romanas era en Oriente, pero los Sasánidas no eran un enemigo precisamente débil, y las numerosas campañas no tuvieron éxito. El emperador que se dirigía a Oriente se chocaba contra un muro, perdía hombres, dinero y, frecuentemente, su propia vida.

Maximino el Tracio ejemplo de esos emperadores militares del siglo III.

Pero entonces ¿qué hacer?

Los emperadores de la dinastía severa intentaron responder a esa cuestión, pero el único que parece saber qué hacer fue Marcus Aurelius Severus Antoninus Augustus, más conocido como Caracalla. Mediante el llamado Edicto de Caracalla o Constitución Antonina, este emperador optó por la única solución que parecía tener, amplió la base social sobre la que recaían los impuestos, y para ello extendió la ciudadanía romana a todo hombre libre del Imperio (salvo los habitantes de las ciudades conquistadas que no se hubieran rendido o capitulado). De esta forma, manteniendo los impuestos, al existir más gente a los que cobrarles, aumentaría los ingresos. El problema, endémico en el Alto Imperio, era que el sistema tributario era ineficaz y corrupto, por lo que los ingresos finales eran muy inferiores a los reales (este aspecto sería muy estudiado en el Bajo Imperio, que aumentó exponencialmente los ingresos fiscales a partir de una profunda reforma tributaria). Pero la decisión de extender la ciudadanía romana supuso mucho más que un aumento de los ingresos tributarios; suponía la extensión de los derechos inherentes: la posibilidad de optar a cargo político, formar parte de las legiones romanas… La extensión de la ciudadanía convertía a este “privilegio” en un derecho natural de los habitantes del Imperio, y por tanto, una reconsideración del concepto de Roma.

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