El Castigo Colonial

Los conceptos que muchas veces se manejan en Historia son producto de ideas y pensamientos surgidos durante el siglo XIX y que daban una explicación satisfactoria en ese momento. Un ejemplo es el de colonización; con una Europa volcada en controlar territorios ricos en materias primas, los pobladores europeos entendían que tras la esquilmación de territorios enteros debían aportar algo a las poblaciones locales y qué mejor que la cultura que llevaban. Esta asimilación entre colonización y civilización se ha tatuado en la piel de generaciones de historiadores que, en un paralelismo, han visto el movimiento colonizador romano como algo intrínsecamente bueno para todos. Sin embargo nada más lejos de la realidad.

Si nos situamos al final de las Guerras Civiles entre César y los mal llamados Pompeyanos, cesar1el dictator está en Hispania Ulterior repartiendo y recibiendo palos. Una de las principales ciudades de la región, Hispalis, a la que Julio César había favorecido enormemente, muestra que no está completamente con él e incluso le cierra las puertas. Una acción que molestó mucho al hábil general que veía que un oppidum al que tanto había ayudado lo traicionaba vilmente, tras haberlo recibido en un primer momento con grandes muestras de alegría. Sin embargo esta oposición no duró mucho y poco después Hispalis caía de nuevo en sus manos. Como es de suponer César no entró muy alegre en ella.

¿Qué hacer con la dichosa Hispalis? Esa es una de las preguntas que le rondaría la cabeza a César; la situación estratégica del opidum lo hacia un valor importante insustituible, pero el riesgo de una nueva traición era demasiado alto como para dejarla como estaba. La solución fue fácil; la nombró colonia lo cual no solo le quitaba cualquier tipo de autonomía con respecto a Roma, borrando prácticamente de un plumazo cualquier organismo de gestión propia, sino que además redistribuía las tierras a unos forasteros y colmaba las nuevas instituciones de la ciudad con otros tantos forasteros y gentes afines que a partir de ese momento formarán la élite local. Sin duda, desde el punto de vista del hispalense, el nombramiento como colonia no supuso en grado alguno algo intrínsecamente positivo.

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Lápida de Virrius Fidus, de Astigi (Ecija) que nos recuerda que es nieto de un asentado por Augusto en la colonia.

Por otro lado, los colonos tampoco es de pensar que vivieran un momento dulce. Prácticamente trasplantado desde su lugar de origen donde le costaba sobrevivir, le ofrecían ser agricultor en una tierra desconocida rodeado de una población que no terminaría de verle con buenos ojos. Es un hecho que los programas colonizadores fueron un fracaso; muchos de los asentados no terminaron de asentarse y esperaban el tiempo necesario (estipulado por ley) para malvender su lote de tierras y volver a su lugar de origen. Es por ello que a partir de Augusto los programas de colonización de aparcan un poco y los veteranos dejan de recibir un lote de tierras al licenciarse.

Resumiendo; no debemos entender que cuando una población era nombrada colonia era como recompensa o premio por su comportamiento. Detrás de ese nombramiento se encontraba la trampa, la pérdida de autonomía y la imposición de una nueva élite que suponía la caída en desgracia de muchas de las familias indígenas. Claro está que hay otros casos en los que son los propios ciudadanos quienes piden al emperador pasar a ser colonia. Es el caso de Itálica, vecina de Hispalis, pero de ese caso hablaremos más adelante.

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