El -otro- Ejército Romano: Otras formas de repartir.

Detalle de la flota romana en la Columna de Trajano en Roma.

Hoy, en sustitución de un nuevo capítulo (capitulo 1 y 2) sobre la evolución del ejército romano – tocarían las reformas de Mario y el ejército de final de la República – hemos preferido pararnos y hacer un especial sobre otros cuerpos que no sean la infantería. Y vamos a empezar por la marina, la cenicienta del ejército, porque desde La RomaPedia siempre queremos rescatar a los olvidados de Roma. Y es que los propios legionarios despreciaban la armada, incluso hubo periodos en los que estaba prácticamente desaparecida como fuerza de combate. Como hacía con otros cuerpos del ejército, Roma terminó por valerse para ocupar la marina de las armadas de los aliados (principalmente griegos), mucho más poderosas y con hombres más capacitados. Además hay que entender que las necesidades de una flota poderosa se produjo en escasos momentos en la historia de Roma, y una vez que controló el Mediterráneo, pocos enemigos tenían una flota que supusiera un peligro real para el Imperio. Pero, empecemos por el principio ¿cuando creó Roma su primera flota?

Proa con el Corvus.

Como mencionamos, las necesidades de una flota poderosa surgen cuando te encuentras con una masa de agua que no puedes cruzar y tienes un interés destacable por no pararte. Para Roma este momento llegó cuando, tras someter a todo el sur de la península itálica, se propone defender a la ciudad siciliana de Siracusa, una aliada del pueblo de Roma, frente a la poderosa Cartago – cuántas guerras aún se iniciaban por tan loable motivo de defender al débil del fuerte -. En un principio no le hizo falta crear una flota, con la ayuda de las polis griegas aliadas que le prestan sus barcos, hace cruzar a su infantería hacia la isla e inicia los combates. La superioridad militar romana se hace patente, pero la imposibilidad de controlar las ciudades portuarias, a través de las cuales los cartagineses recibían nuevos efectivos, hacía que la guerra fuese inútil; había que parar como sea ese trasiego de mercancías y soldados que estaba eternizando la guerra; hay que crear una flota. Pero los romano no eran muy originales, así que decidieron copiar el modelo naval de su enemigo (que a su vez lo había tomado de Grecia), aprender a usarlo y listo, a repartir leña. Hay que recordar que los combates navales antiguamente se basaban, mayoritariamente, en golpear con el espolón al barco enemigo, provocando su hundimiento, lo cual necesitaba de una especial maestría en el manejo de los barcos. En el 260 a.C. enmarcada en la I Guerra Púnica, Roma construye alrededor de 150 barcos de guerra (trirremes y quinquerremes), e inicia su propia flota militar. Pero claro, los comandantes romanos no estaban tan experimentados como los cartegineses, por lo que las batallas navales no daban el resultado esperado. Pero los romanos no se rinden – esta fue una de sus claves del éxito – y deciden adaptarse; si lo suyo era el combate cuerpo a cuerpo, eso era lo que iban a provocar. Ni cortos ni perezosos dotan a sus barcos de una especie de puente levadizo, el corvus, cuya finalidad era atrapar la nave enemiga, y permitir el abordaje. En definitiva, el truco era convertir el combate naval – en el que eran manifiestamente inferiores – en un combate de infantería – en el que eran muy superiores. El invento funcionó y Roma conquistó Sicilia (si, iban a ayudar a Siracusa, pero ya sabéis como son estas cosas, te vas liando y al final te quedas con todo).

Marco Agripa el vencedor de Actium.

Tras la derrota de Cartago – en la la III Guerra Púnica – la flota romana prácticamente desapareció ya que no había enemigos en el Mediterráneo occidental que justificasen su mantenimiento. Al final de la República la marina romana renació, se volvió a crear una flota para luchar contra la piratería que se extendía por el Mediterráneo e interrumpía el normal comercio vital para la supervivencia de Roma. Una vez solucionado el problema, la flota se deja de lado de nuevo, pero no por mucho tiempo, pues unos pocos años después, los bandos en la guerra civil tendrán su propia flota. De este modo, y paradójicamente, la batalla que dio por terminada la República y inició el Principado de Augusto fue una batalla naval donde Agripa venció a las fuerzas de Marco Antonio y Cleopatra (batalla de Actium). A partir de entonces la Marina se mantiene en un discreto segundo plano, con intervenciones puntuales en el norte y este de Europa en apoyo a las fuerzas de tierra, y permitiendo el paso de Roma a las islas Británicas. Incluso tiene el glorioso honor de ser la flota que más batallas ha ganado en Suiza con la increíble cantidad de una, la batalla del Lago Constanza contra réticos y vindelicios (pueblos galos).

Sinceramente, si te gustan los aparatos que lanzan cosas, no te importa el balanceo constante de un barco, ni te asusta que te conviertas en un sacrificio a Neptuno de buenas a primeras y, sobre todo, tienes los próximos 26 años de tu vida sin ningún plan especial, enrolarte en la marina romana es una buena opción. Si eres ciudadano romano no es la mejor opción, y si no lo eres siempre es mejor que nada. Puedes conocer sitios exóticos, y personas que viven en lugares lejanos, y llegados el momento, puedes pelearte con ellos y quedarte con sus tesoros. Y al acabar, obtienes la ciudadanía romana. Además, si tenías la suerte de estar destinada a la flota de Miseno, eras el encargado de correr y descorrer los toldos del Coliseo. Lo dicho, un chollo.

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