El Premio Colonial

El otro día estuvimos hablando sobre el castigo de César a Hispalis cuando decidió convertirla en una colonia. Con ese ejemplo intentábamos mostrar como, en ocasiones, ser nombrado colonia no siempre era un honor en el pleno significado de la palabra. Sin embargo Italica_amphitheatre_Santiponce_Andalucia_Spainhay casos en los que son las propias ciudades las que piden a Roma convertirse en colonias. Para que no nos tengamos que mover mucho geográficamente hoy hablaremos del caso contrario a Hispalis, Itálica. Ciudad de origen prerromano, Cornelio Escipión (en un futuro el Africano) entendió que era un buen sitio para asentar a parte de su ejército tras la batalla de Ilipa (206 a.C.) y darle un merecido descanso y que muchos de sus hombres se recuperasen de sus heridas. Sobre el estatuto jurídico de este asentamiento o, incluso, del tiempo que estos asentados tardaron en marcharse poco se sabe. Itálica se pierde en la falta de información y no volverá a aparecer en las fuentes hasta el final de la República, cuando parece apoyar a César. Debió ser entonces (un poco antes o un poco después) cuando consigue el estatuto municipal; la ciudad se regía con plena autonomía y Roma respetaba su “independencia”.

Durante el siglo I las élites italicenses , junto a otras de la Baetica, parece que fueron creciendo en importancia consiguiendo que algunos de ellos puedan formar parte de ese grupo de hispanos que, durante dicho siglo, vemos en Roma codeándose con las principales familias del Imperio. Muestra de este ascenso vertiginoso hacia la élite imperial de estos provincianos es, sin lugar a duda, Marco Ulpio Trajano, nacido en la ciudad de Itálica en el año 53 y que sería el primer emperador de familia no itálica en ser nombrado emperador. Itálica estaba aportando a sus propias élites locales para nutrir las élites provinciales e imperiales. Una dinámica dañina; al aportar miembros a Roma la ciudad quedaba huérfana de élites propias, por lo que cada vez el nivel económico de los que ocupaban las capas más alto de la política local era menor. Por hacer un símil deportivo, si cada año el equipo que gana el campeonato se marcha a otra competición, el nivel de dicho campeonato baja temporada tras temporada. En este punto conviene recordar que eran los propios ciudadanos ricos de la ciudad quienes se encargaban de costear los gastos municipales (aquí el artículo sobre ello).

En definitiva, la aportación de estas élites terminaba por dejar a las ciudades romanas en una situación complicada. Eso mismo ocurre con Itálica; ya en época del propio Trajano la ciudad estaba exhausta ante el desangrado que aportar miembros de su propia élite suponía. A Trajano lo sucedió Adriano (si bien parece que no nació en la propia Itálica, su familia directa Bust_Hadrian_Musei_Capitolini_MC817si es de la ciudad de la Baetica). La ciudad necesitaba un fuerte impulso – en forma de inversión – que solo podría venir desde las esferas más altas. Ante esta situación una comisión de la ciudad, suponemos que apelando a los propios orígenes del emperador que había pasado un tiempo en la propia Itálica, se presentó en Roma ante Adriano y le pidió amablemente cambiar su estatuto jurídico de municipio a colonia. La petición fue algo sorprendente (como nos lo hace saber Aulo Gelio) pero el emperador, conmovido y conocedor de la situación, aceptó la propuesta y nombró a la Itálica colonia Aelia Augusta.

¿Y que tenía esto de bueno? Pues sencillamente que ahora Itálica pasaba a depender directamente del emperador, por lo que el bienestar de la comunidad era una preocupación propia de quien vistiese el púrpura en ese momento. Acompañado del nuevo estatuto, Adriano realizó una profunda remodelación de la ciudad, ampliando enormemente sus límites (es la conocida como Nova Urbs, que es la actualmente visitable) que estaría acompañada de dos edificios singulares, un anfiteatro y un templo dedicado a Trajano (Traianeum). De esta forma, el dinero empezó a fluir hacia Itálica que vería su ciudad embellecerse. Itálica parecía que iba a remontar el vuelo.

Sin embargo, la generosidad de Adriano no tuvo seguimiento por sus sucesores y el dinero dejó de fluir hacia la nueva colonia. Itálica vería el magno proyecto de Adriano fracasar por ser demasiado ambicioso (por ejemplo, no todo el terreno delimitado para la ampliación de la ciudad llegó a ser ocupado) y finalmente, ni siendo colonia, pudo remontar el vuelo. La ciudad seguirá ahí siglos después, e incluso veremos que mandar representantes a los diferentes concilios hispanos, pero nunca ocupará un puesto destacado en el panorama político ni alcanzará la gloria como lo hizo en el siglo I.

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