El Rapto de las Sabinas

Ya hemos visto como los romanos entendían, al menos en una versión, cómo se fundó la ciudad que estaba llamada a dominar el mundo. La ciudad de Roma se llenó de apátridas, esto es, aquellas personas que no tenían donde vivir en su ciudad, o que habían sido expulsados de ellas por delitos o cualquier otra causa. En definitiva, lo mejor de cada ciudad, en el sentido irónico, llenó la recién fundada Roma. Para hacernos una idea, Roma era como una discoteca a las 6 de la mañana, estaba llena de hombres y no tenían, en general, buenas intenciones. Ante este acuciante problema, Rómulo, rey de Roma, decidió que había que iniciar una campaña de captación de féminas para asegurar la perpetuación de la ciudad.

Según cuenta la tradición, se organizó en Roma unos campeonatos atléticos a los que fueron invitados los pueblos vecinos. Los Sabinos, un pueblo poderoso, acudieron a la invitación haciéndose acompañar por sus familias. Era lo que esperaban los romanos, a una señal, cada romano agarró a una sabina y la secuestró, echando posteriormente a los sabinos de Roma. Como es evidente las sabinas secuestradas quisieron explicaciones, y los romanos (que ya apuntaban maneras de chovinismo) les respondieron que debían sentirse orgullosas de haber sido escogidas para casarse y formar familias en Roma, una ciudad elegida por los mismísimos dioses. Las Sabinas, que no parecen destacar por su capacidad de negociadora, establecen como condición para aceptar los matrimonios con los romanos, que ellas gobernarían los hogares y que no se dedicarían a limpiar, solo a tejer. Ante esta expresión suprema de amor y romanticismo, los romanos y las sabinas se fueron casando y formando familias. El futuro de Roma estaba garantizado gracias a las nuevas generaciones que nacían de estas uniones.

Pero… ¿y los sabinos no dijeron nada? Pues se lo pensaron bastante, ya que no volvieron a Roma hasta unos años después, armados y dispuestos a exigir la devolución de sus conciudadanas féminas. Gracias a una sabina, de nombre Tarpeya, que no debía andar contenta con su suerte en la “ciudad elegida por los dioses”, el ejército sabino penetró en Roma. Como pago a la traidora Tarpeya, que les había abierto la puerta de la ciudad, esta había pedido “lo que llevaban en el brazo” – seguramente referido a los brazaletes de los soldados – pero los sabinos, que le gustaba ser muy literales, la aplastaron con otro objeto que tenían en los brazos, los escudos. Además, el lugar donde murió la traidora, se pasó a llamar Roca Tarpeya, y era el lugar desde
donde se lanzaban a los traidores en Roma.

Ante el ataque por sorpresa los romanos fueron acorralados en el monte Capitolio, donde el enfrentamiento se tornó sumamente sangriento. A la vista de los acontecimientos, las sabinas raptadas se interpusieron entre ambos ejércitos y defendieron la reconciliación pues, según ella, si ganaban los romanos, ellas perderían a sus padres y hermanos, mientras que si ganaban los sabinos, perderían a sus maridos e hijos. Ante este dilema, ambos ejércitos dejaron de pelearse y organizaron un banquete para celebrar su nuevo hermanamiento. Es evidente que la bipolaridad era predominante en la zona central de Italia en la antigüedad. La unión de ambos pueblos se formalizó con la formación de una diarquia (gobierno de dos reyes) entre Rómulo y el rey sabino Tito Tacio.

Ya tenemos Roma formada, la clase alta sabina pasó a formar la élite romana, y muchas familias aristócratas impondrán en el pueblo sabino sus raíces (como los Claudios). El Senado se instauró, a semejanza de otros que existían en la época. La historia parece dejar a la mujer como un mero objeto, pero realmente es que Roma fue atacada por la libertad que le concedía a las mujeres, aunque evidentemente, estaba a años luz de la posición que ocupaban los hombres. Ahora Roma empezaría a hacerse un nombre, pasando de ser una aldeilla embarrada a la capital del Lacio… pero eso será el próximo capítulo.

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