¡El rico invita!

Ya habrás escuchado hablar de aquellos famosos – y no tan famosos – millonarios que destinan parte de sus pingües beneficios a la ayuda de los más desfavorecidos. Si estás atento en las redes sociales circula ahora las palabras de Nick Hanauer en las que defiende la filantropía de los ricos para mantener el orden social. No es nada nuevo. Como ya imaginas hace 2000 años la idea de un estado encargado de promover políticas sociales era literalmente inimaginable. Pero pobres había y en muy buena cantidad. Ya hablamos que era común tanto en la Urbs como en el resto del Imperio que las capas más alta de la sociedad ofrecieran de su propia fortuna algo de comida y espectáculos con los que ganarse el apoyo de los más desfavorecidos. Pero la contribución de las clases altas romanas iba más allá que un poco de pan y aceite aliñados con algo de sangre de unos juegos gladiatorios.

Teatro de Pompeyo en Roma

Teatro de Pompeyo en Roma

El Imperio Romano no deja de ser un amplio territorio regulado por un estado antiguo, con todo lo que eso conlleva. Un estado que no podía hacerse cargo de todos los gastos que suponían mantener un Imperio. Es en ese momento cuando aparece el elemento privado; no solo se dejaba en muchas ocasiones en manos privadas la manutención alimenticia de los más desfavorecidos o su entretenimiento, sino que a la vez se esperaba de ellos que se erigiesen como los grandes urbanistas de su localidad sufragando edificios, plazas o cualquier cosa que la comunidad necesitase. No pensemos ahora que lo hacían porque eran grandes de corazón; al igual que la comida o los espectáculos, era lo que se esperaba de ellos y les suponía el amor del pueblo. La inversión dependía de la propia comunidad, así vemos en la capital, en Roma, como Pompeyo construye de su propia pecunia un enorme teatro (que llevaría su nombre para su mayor recuerdo). Sin embargo en ciudades provinciales veremos como un mismo edificio tiene diferentes inversores que costean partes distintas como el scaena o las verjas.

Es, en definitiva, la filantropía algo bastante antiguo. La supervivencia de Roma dependía literalmente de ella. Lógicamente, los ricos sabían que construir algo no servía de nada si no iba acompañado de su placa conmemorativa donde se alabasen las bondades del promotor. Igual que en los espectáculos o en los banquetes públicos el nombre del bienhechor era repetido como una cantinela para que todos los asistentes estuviesen bien informados de a quien deberían agradecer, llegado el momento, su alimentación y su entretenimiento. Ya sabes, en Roma – y aún hoy – lo más importante no es hacerlo, sino que sepan que lo has hecho.

 

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Inscripción en el teatro de Itálica donde se mencionan a los promotores de su construcción, entre ellos el abuelo del emperador Trajano.

 

 

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