Entre la libertad y el pescado.

El capítulo que vamos a narrar se sitúa en los convulsos años previos a la guerra civil entre César y Pompeyo. Roma estaba a merced de bandas callejeras que imponían sus criterios a base de aplicar una abundante dosis de violencia a la oposición. No vamos a entrar aquí si éstas bandas actuaban bajo el amparo de algunos – o todos – los políticos destacados del momento, lo cierto es que en muchas ocasiones la aplicación del palo conseguía más rápidos frutos que los más depurados discursos en el Senado. Uno de los episodios más oscuros fue el protagonizado por Clodio y Milón, dos políticos rivales que no parecían tener interés en ocultar que lideraban sus propias bandas por las calles de Roma. La rivalidad llegó a tal punto que, según las fuentes, en un encuentro fortuito en la Via Appia se enzarzaron en una lucha que acabaría con Clodio muerto. Tras estos hechos Milón fue acusado formalmente de asesinato y llevado a juicio.

CM-T-Ciceroomo es normal en la situación que atravesaba la República, el juicio – que era público – corría el riesgo de convertirse en una batalla campal entre los seguidores de uno y otro político. Para evitar riesgos, Pompeyo – cónsul único aquel año – rodeó la tribuna con soldados armados. Cicerón defendería al acusado durante el juicio, no porque pensase que era inocente – lo cual a todas luces nadie pensaba – sino porque el propio Milón, años atrás cuando era tribuno, había pedido su vuelta de Macedonia cuando el brillante orador estaba allá exiliado. Pero el juicio, tal como estaban los ánimos, no sería más que una pantomima y cuando Cicerón subió a pronunciar su discurso de defensa, los gritos y abucheos – y los objetos arrojados a la tribuna – le “invitaron” a desistir de su propósito.

Sin defensa, Milón fue condenado al destierro. Se marchó a Massalia,
la prospera ciudad comercial que es ahora Marsella. Estando allí recibió un correo de su abogado Cicerón donde le entregaba una copia del que iba a ser su discurso en el juicio para que el desterrado Milón viese que tenía el buen texto de defensa preparado y que, de no haber sido por el clima adverso, podría haberle defendido muy bien. Ante esta inusual carta Milón se tomó la vida con filosofía positiva y respondió que se alegraba que Cicerón no hubiera pronunciado su discurso, pues de haber sido absuelto, nunca habría probado el magnífico pescado de Massalia.

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