Faetón y el Sol.

En un ejercicio de abstracción vamos a imaginarnos que estamos al aire libre, en mitad del campo y bajo una capa de estrellas, sentados alrededor de un fuego que ilumina con una luz danzante nuestras caras, mientras escuchamos a un hombre sabio, de parcas vestiduras y pelo cano, contarnos una aventura que ocurrió hace mucho tiempo, antes incluso del viaje de Eneas y la fundación de Roma. Escuchamos al hombre:

“El palacio del Sol está recubierto de oro y marfil, y en sus puertas luce, talladas en plata, los doce signos zodiacales. Llegó hasta allí, por difícil camino, Faetón, hijo de la océanide Clímene y del dios sol Helios, entrando en el palacio y dirigiendo sus pasos hacia su padre. Pero la luz de Helios es demasiado fuerte, y se detiene a una distancia. Estaba el resplandeciente Helios sentado en un brillante trono, rodeado por las Horas, el Día, el Año y los Siglos. Estaban también la Primavera con su corona de flores, Verano desnudo y portando guirnalda de espigas, Otoño manchado por las uvas pisadas, y el helado Invierno, con su cuello blanco. Preguntó Helios a Faetón cual era el motivo de su viaje, respondiéndole que venía a buscar pruebas de que eran padre e hijo, pues sus compañeros en la tierra no se lo creían. Conmovido Helios por la historia, le ofrece cualquier don que quiera pedir, que le será otorgado. Pide Faetón tener la potestad y gobierno, por un día, del carro solar y de los caballos de pies alados que lo mueven.

>>Aterrado por la petición, pues los briosos caballos no podían ser gobernados por mortal alguno, arrepentido por la promesa hecha ante los dioses, Helios intenta cambiar de parecer a Faetón con estas palabras: “Ambicionas algo demasiado grande, tu condición es mortal; no es de mortal lo que pides. En tu ignorancia ambicionas superar a los propios dioses. No es don lo que pides, si no un castigo. Inicia el carro en camino ascendente, con el ambiente aún fresco, y por donde a duras penas los propios caballos logran subir. La segunda parte, la cúspide, está tan alta que incluso Yo, un dios, teme mirar hacia abajo y ver los mares y tierras. La última parte es descendente, y precisa un pulso fuerte para controlar a los caballos, e incluso, antes de que me arrope Tetis con sus dulces olas, temo caer en el abismo. Añade que las constelaciones se mueven, rotando alrededor de tu camino, pasarás por entre los cuernos del Toro que intentará parar tu camino, el Arco hemonio, las fauces del León sanguinario, el Escorpión y el Cangrejo. ¿Y los caballos? Gobernar a los caballos es ardua tarea, inflamados por el fuego que arde en su interior y que exhalan por fauces y hocicos. Pídeme cualquier otra cosa, pues prometí concederte cualquier deseo, pero no me pidas esto, ¡oh Faetón!, pues es lo único que quisiera negarte”. Pero éste, mortal ambicioso y testaduro, exige que las promesas sean cumplidas, y tener, por un día, el don de conducir el carro solar por el cielo.

>> Conduce, desolado, Helios a Faetón ante el carro solar, obra de Vulcano, hecho de oro, marfil y plata, con gemas que la hacían resplandecer artísticamente colocadas. Abre las puertas del palacio la madrugadora Aurora, y huyen las estrellas del cielo, con Lucífero guardando el cielo hasta el final. Ordena Helios a las Horas que unzan los corceles al carro, unta de crema divina a Faetón para protegerlo del fuego, y le coloca rayos en la cabeza, y le habla de esta manera: “Ya que no sigues mis prudentes consejos, sigue estos que te digo ahora. No vayas en línea recta, busca el camino oblicuo, en curva, evitando el polo austral y la Osa. Allí encontrarás claramente los surcos de mis ruedas. Evita subir en exceso, pues quemarás los celestes palacios, ni bajar en demasía, pues quemarás la tierra. Ya no hay tiempo para más, la salida es inminente, la Aurora ya ha ahuyentado a las estrellas y el cielo me reclama. Pido a la diosa Fortuna que te acompañe.”

>> Corren los caballos del Sol, notando el poco peso del carro, que salta en el camino como si no tuviera ocupantes, con un Faetón asustado sin poder controlar los impetuosos corceles, que terminan desbocados y abandonando el sendero trillado de Helios. Mucho cielo lleva recorrido Faetón, y mucho más le queda por delante. Mira hacia abajo, y le tiemblan las rodillas al ver mares y tierras tan alejadas. Hacia arriba gigantescos monstruos le amenazan, y el venenoso Escorpión dobla su largo brazo. El miedo de Faetón le hace soltar las riendas, encabritando a los caballos, que desbocados abandonan las alturas segura. Derrite las nieves del norte, liberando bestias legendarias que dormían atenazadas por el frío, arden los Alpes, los Apeninos, el Etna, los Caucasos. Ciudades amuralladas desaparecen junto a naciones enteras, consumidas por el fuego. Se dice que es entonces cuando, atraída la sangre a la piel, los etíopes tornaron la tez morena, y cuando Libia se volvió desierto. Ardieron incluso los ríos, el Po, el Danubio, el Tajo, el Ganges e incluso el río Tíber. La Tierra se estremecía, e incluso la luz llegó a los infiernos, donde el rey del Hades huyó junto a su esposa. Las súplicas alcanzaron al Padre Todopoderoso, que desde lo alto de su fortaleza contempló lo ocurrido. Lanzó un certero rayo al carro, haciéndolo saltar por los aires, huyen los caballos, rezumando fuego, liberados de su yugo, y queda destrozado la obra de Vulcano. Rueda Faetón por el firmamento, con sus rubios cabellos en llamas, y cae en las Hésperides donde su cuerpo sin vida es sepultado bajo el epitafio << AQUI ESTÁ DEPOSITADO FAETÓN, AURIGA DEL CARRO DE SU PADRE; AUNQUE NO FUE CAPAZ DE GOBERNARLO, AL MENOS CAYÓ EN GRAN EMPRESA>>. Lloraba y ocultaba su rostro Helios, su padre, y dicen que hubo un día en el que el Sol no iluminó la tierra, pues con la luz de los incendios bastaba; alguna utilidad tenía tan gran desastre.”

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