Julia Domna: Emperatriz de Roma.

Busto de Julia Domna

Muchas mujeres durante el Imperio – no tantas durante la República y no sabemos en la Monarquía – habían adquirido cierto poder debido a la posición alcanzada por su marido o su hijo, aunque en muchos casos la posición de ellos se debió a la capacidad de ellas. Siempre saltan a la palestra nombres como Livia – esposa de Augusto – o Agripinila – madre de Nerón –, y en muchos casos rodeado de traiciones, conspiraciones y otras acciones poco deseables. Pero hoy queremos rendir homenaje a una mujer que fue capaz por su propia capacidad de alcanzar cotas de poder nunca antes imaginadas, Julia Domna. En una sociedad donde el machismo, sobre todo en las clases altas, era prácticamente ley, las mujeres solían desempeñar papeles muy secundarios, alejados de los asuntos del estado, ocupaban su tiempo en hacer vida social con otras mujeres de la corte, en ocasiones algún affaire amoroso y, periódicamente, una conspiración palaciega. Las esposas y amantes de los emperadores solían aprovechar su posición para influenciar en las decisiones imperiales, conspirando contra sus enemigos o beneficiando a sus amigos. En este punto llega nuestra heroína, Julia Domna, nacida en Emesa – actual Homs, Siria – hija menor de Julio Bassiano, sumo sacerdote de Baal. Familia muy poderosa y de rango senatorial, recibió una buena educación – posiblemente superior a la de otras mujeres de la época -. Su aventura empieza cuando un ambicioso y prometedor comandante romano pide su mano en matrimonio. Este romano no sería otro que Septimio Severo, llamado a ser emperador de Roma.

Septimio Severo.

Tras la boda, Julia Domna se traslada a Panonia junto a su flamante marido y ya allí empieza a frecuentar las reuniones políticas y a destacar por su capacidad de liderazgo, su sabiduría y sus habilidades políticas. Con el asesinato del emperador Cómodo, empieza una guerra civil en el que Septimio Severo será uno de los candidatos al trono. A diferencia de la costumbre de la época, Julia Domna acompaña a su marido en las campañas militares, ganándose el afecto de los soldados y el sobrenombre de “Mater Castrorum” (Madre de los Campamentos). La presencia junto a su marido era continua, y su palabra era muy tenida en cuenta en las decisiones de Estado, lo que le valió no pocos enemigos que no veían con buenos ojos la posición que esta mujer estaba alcanzando, tanto por su sexo como por su poder. Desgraciadamente, sus enemigos consiguieron convencer a Septimio Severo de que Julia Domna había sido adultera, lo que le supuso su retiro de la vida pública. Pero lejos de encerrarse, nuestra protagonista se rodeó de muchos de los intelectuales de la época y se dedicó al estudio de la Filosofía y la Religión.

Caracalla

Tras la muerte de su marido, la pasividad hacia los asuntos de estado de su hijo Caracalla provocó su vuelta a la vida pública, haciéndose rápidamente con las riendas de Roma. Hacía y deshacía según ella entendía que debía hacer, actuando siempre en nombre de su hijo. Prácticamente ejercía como gobernante de facto, y fue el mayor poder alcanzado hasta la época por una mujer en Roma. Sus acciones de gobierno motivaron su pomposo título de “Iulia pia felix Augusta mater Augusti nostri et castrorum et senatus et patriae” (Julia, Pía, Feliz, Augusta, madre de nuestro Augusto y de los Campamentos y del Senado y de la Patria) – no hay que recordar el carácter paternalista del estado romano -. Como hacía con Septimio Severo, cuando su hijo Caracalla se dispuso a iniciar una campaña en Oriente contra el Imperio Parto, Julia Domna no dudó en acompañarlo. Pero en el trascurso de este viaje Caracalla es asesinado en las revueltas orquestadas por Macrino, usurpador del trono. Julia Domna, enferma, se retira a Antioquia, donde muere (algunas fuentes dicen que a causa de su enfermedad, otras que se suicida). Su cuerpo fue llevado a Roma, donde fue primero enterrado – quizás – en una cámara separada del Mausoleo de Augusto, y luego, por orden de su hermana Julia Maesa, trasladada al Mausoleo de Adriano, y finalmente deificada, muestra final de la devoción y amor que el pueblo le profesaba.

Como hemos visto, una mujer de estado, buena gobernante, aparte de intelectual, mecenas y amada por el pueblo. Una mujer que rompió los esquemas sociales de la sociedad romana, demostrando una valía personal envidiable. Gracias a su labor como mecenas, las artes y la filosofía florecen en una Roma del siglo III que ya daba signos de la crisis que durante ese siglo sufriría (y que necesitó reformas muy profundas). Ella abrió el camino a otras mujeres que en los siglos posteriores alcanzarían importantes cotas de poder pese al rechazo social que esto suponía. Nuestra primera heroína, porque en Roma, no todo van a ser hombre importantes.

Moneda con la efigie de Julia Domna “Iulia Augusta”