La Guerra lleva su tiempo… sobre todo empezarla.

Hay gente que le gusta la vida sencilla y otros que la prefieren compleja, llena de pomposidad y rituales. Los romanos eran de este último royo. Y en la guerra más. Los romanos fueron un pueblo muy belicoso y, de hecho, una clave de su éxito fue una extraordinaria capacidad para crear ejércitos, entrenarlos y mandarlos a dar palos contra los enemigos de turno. Pero la guerra es más que repartir golpes y esquivar lanzas, tiene su ritual, sus fórmulas y, por supuesto, sus causas justas (casus belli) – o al menos, su motivación formal, un brindis al sol, como actualmente.

La cuestión es, ante todo, demostrar que Roma estaba actuando de forma justa, respondiendo a una agresión externa, y que si por ellos fuera, no habría guerra. Unos sacrificados ellos por la justicia mundial y la paz en el universo. Para estos menesteres tan loables se creó un collegium de sacerdotes, los feciales (fetiales), compuesto por veinte miembros y liderados por el Pater Patranus, que como condición para ser nombrado debía tener padre vivo, y que portaba un cetro, símbolo del poder de Júpiter. Entre las obligaciones de este cuerpo diplomático estaba la prohibición de vestir ropas hechas con lino. Cuando un vecino agraviaba a Roma una comisión formada por cuatro miembros entre los que se encontraba este Pater
Patranus
, iniciaban un proceso para solventar el asunto de forma pacífica, resarciendo a Roma del agravio (si, Roma siempre era la víctima). El viaje ritual comienza en la frontera con el malvado vecino que ha sido injusto con Roma, el legado se cubre la cabeza (ritual arcaico de plegaria) y, poniendo a Júpiter de testigo, inicia una reclamación siguiendo un esquema único, unas especies de palabras mágicas:

“Escucha, Júpiter, escuchad fronteras de … (Aquí el nombre del pueblo); que escuche el derecho sagrado. Yo soy el representante oficial del pueblo romano, traigo una misión ajustas al derecho humano y sagrado, que se dé fe a mis palabras”. Ahora inicia las reclamaciones y, con Júpiter de testigo, “Si yo reclamo en contra del derecho humano y sagrado, que esos hombres y esas cosas de me entreguen como propiedad del pueblo romano, no permitas jamás que vuelva a mi patria”. (Tito Livio 1, 32, 6).

Tras estas palabras, cruza la frontera, y se las repite al primer hombre que encuentre (el cual se debe quedar un poco descolocado), luego las repite al entrar en la ciudad también al primer hombre que viese, y por último en el foro de dicha ciudad, esta vez ante los magistrados. Si las exigencias eran atendidas, la expedición diplomática volvía a Roma.  En cambio, si los magistrados de la ciudad no entendían necesario cumplir las exigencias, los feciales le daban un plazo de 33 días para que se lo pensasen mejor. Si pasado ese plazo, las cosas seguían igual, los feciales volvían a sus fórmulas mágicas:

“Escucha, Júpiter, y tú, Jano Quirino, y todos los dioses del cielo, y vosotros, dioses de los infiernos, escuchad; yo os pongo por testigos de que el pueblo (ponga aquí el nombre) es injusto y no satisface lo que es de derecho. Pero sobre esto consultaremos a los ancianos de mi patria, a ver de qué modo vamos a hacer nuestro derecho”

Unos legionarios esperan a que los fetiales terminen de dar vueltas.

Ya vemos que la cosa se calienta, ya no es solo Júpìter, ahora aparecen todos los dioses como testigos de la supuesta afronta contra Roma. La comisión vuelve a Roma y traslada la respuesta al rey (al principio, luego dará traslado a los cónsules y por último al emperador… en teoría). Este, con otra fórmula mágica, preguntaba a los senadores sobre si debían ir o no a la guerra.  Si decidían, se iniciaba el proceso de declarar la guerra. Era vital que el proceso se cumpliese de forma adecuada, pues una incorrecta declaración de guerra podía conducir a una guerra injusta y que los dioses se mosqueasen, y condujesen su ira contra Roma.

Los sacerdotes feciales iniciaban la declaración oficial de guerra otra vez en la frontera, donde lanzaba una jabalina de hierro roja (ferrata aut sanguinea praeusta) hacia territorio enemigo en señal de guerra, y entona la n-ésima fórmula mágica:

“Dado que los pueblos de los antiguos latinos o individuos antiguos latinos hicieron o cometieron delito contra el pueblo romano de los quirites; dado que el pueblo de los quirites decidió que hubiera guerra con los antiguos latinos, o que el senado del pueblo romano de los quirites dio su parecer acuerdo y decisión de que se hiciese la guerra a los antiguos latinos, por ese motivo yo, al igual que el pueblo romano, declaro y hago la guerra a los pueblos latinos y a los ciudadanos antiguos latinos”.

Es una fórmula muy arcaica y con el tiempo se modificó para la guerra contra pueblos que no fuesen latinos (los latinos eran los pueblos del lacio, zona central de Italia). A la vez cuando las fronteras se fueron aumentando, el ritual de lanzar la dichosa jabalina se hizo demasiado difícil de cumplir, por lo que los
romanos, pragmáticos siempre, decidieron tener un solar en Roma, que convirtieron simbólicamente en territorio enemigo, y donde se representaba el ritual. Todo tenía un componente mágico, las palabras eran una fórmula exacta, el rojo de la jabalina indicaba su invocación a Marte, el dios de la guerra, incluso el plazo de 33 días para repensar una respuesta.

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