La Mujer Romana.

Pintura de una mujer con utensilios de escribir. Las mujeres recibían una
educación básica.

Ojala pudiéramos decir lo contrario, pero sería faltar a la verdad; la mujer romana tenía reservado un segundo plano en la vida pública, manteniéndose siempre bajo la tutela masculina. Un control que se hacía más fuerte cuanto más alto nos moviéramos en la sociedad, las cuales debían estar siempre acompañadas por un hombre para “garantizar su honorabilidad”. En ocasiones se ha defendido que, dentro de su época, la mujer romana gozó de mayor libertad, lo cual es cierto, pero puede llevar a pensar a error y entender que la mujer no estaba supeditada al hombre en todo los momentos de su vida; primero a su padre y luego al marido (si bien había matrimonios en el que la mujer seguía dependiendo del padre). Podían administrar su dinero, incluso en ocasiones podían recibir herencias o pedir el divorcio. Estos derechos, del que no todas las mujeres podían gozar, pudo ser la razón por la que los contemporáneos extranjeros acusaban a los romanos de dar demasiada libertad a sus mujeres. Además, ¿qué son esas libertades si las mujeres carecían de nombre propio? Efectivamente, las mujeres no tenían praenomen, si no que utilizaban el nomen en femenino (Cornelia, Julia…).

Si nos centramos en el aspecto de las decisiones, la mujer estaba supeditada a la palabra del hombre, y este daba más libertad de decisión o no. Esta realidad era común a todos los miembros de la familia con respecto al Pater Familias, con la única diferencia que los varones, por lo general, llegarían a ser algún día Pater Familias, mientras que las mujeres no. Lo socialmente permitido era que la mujer acompañase a su marido a las fiestas y recepciones públicas, manteniéndose en un discreto segundo plano, incluso no estaba bien visto que se recostasen para comer en las fiestas, al contrario que los hombres, y como vimos, llegó a ser ilegal que consumieran vino.

Imagen de Lucrecia, aupada como ejemplo de la romana perfecta por su suicidio tras ser víctima de una violación y ver el honor de su familia manchado.

Al contrario de lo que el panorama pinta, las niñas romanas recibían una educación básica junto a los niños de su edad, basada en la escritura y lectura de los textos clásicos (curioso, ya en esa época, los textos clásicos, eran clásicos). Posteriormente, cuando los jóvenes varones se iniciaban en las artes de la guerra, las mujeres de clase alta recibían en sus hogares clases de música y canto, con el objetivo de que algún día deleiten a los invitados en alguna recepción o en una fiesta. En ocasiones, y posiblemente por su cuenta y riesgo, algunas mujeres se iniciaron en campos como la filosofía, las matemáticas o la historia, y algunas de ellas llegaron a ser admiradas en ciertos sectores masculinos por su capacidad de conversación. Es el caso de Cornelia – madre de los Gracos -, a la que el mismo Cicerón alababa.

Y es que, en definitiva, la función de la mujer era la de abnegada esposa, responsable de la gestión doméstica – aunque delegase en los esclavos – y de la educación de los hijos. Pero, en una sociedad esclavista, las mujeres ricas se quedan sin tareas, ¿qué les está permitido hacer en esa vida ociosa al servicio del marido? pues simplemente coser. De las mujeres romanas se esperaba que fueran grandes costureras, una tarea respetable y eminentemente femenina. Por el contrario las mujeres humildes, que no podían tener un ejército de esclavos a su servicio, debían compaginar sus tareas domésticas con una ayuda en el trabajo de su marido o trabajando para
otra persona (pese a los esclavos, era común la existencia de trabajadores por cuenta ajena). Incluso algunas mujeres emprendieron negocios por ellas mismas, bien con el beneplácito del marido, bien por ausencia de este, y muchas de ellas pudieron sobrevivir junto a sus familias gracias a su trabajo.

Estela de Sentia Amarantis, que vivió en Emerita Augusta, donde la vemos realizando su oficio. Ella era una mujer trabajadora.

Pese a todo, sabemos que había fiestas religiosas exclusivamente femeninas en la que los hombres estaban vetados, igual que diosas cuyo culto era puramente femenino, y ciertas inscripciones epigráficas nos hablan de alguna especie de hermandad femenina existente en la Roma de Adriano. ¿Es posible que esto sea compatible con una sociedad que estipulaba la dependencia de la mujer al hombre? Las pruebas marcan que si es posible, no hay duda. Y es que la realidad de entonces, como la actual, está llena de matices y excepciones, que hacen que quizás sea más correcto hablar de realidades, y no de una sola y exclusiva realidad. Las mujeres tuvieron una importancia que no ha quedado reflejada en las fuentes, fueron consejeras de senadores y emperadores, participaron en conspiraciones y, en ocasiones, llegaron a ejercer un poder directo. Hay quienes piensan que la mujer romana inició un camino hacia su liberación que fue cortado en seco, y que no ha sido hasta hace poco, cuando se ha empezado a retomar.

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