La Romanización I

¡Ay la Romanización! Es posible que junto a las biografías de los grandes generales
romanos y las grandes batallas que construyeron el Imperio, sea uno de los temas más recurrentes de la bibliografía romana. No en vano, eran concurrentes; un general planteaba una batalla, cuyo resultado – en caso de victoria – conllevaba una conquista y su respectiva romanización. Pero ¿qué es y qué esconde la romanización? ¿Era un acto voluntario de Roma o un mecanismo con intereses económicos? Durante mucho tiempo, se ha creado la imagen de un Imperio que llevaba a los pueblos que conquistaba una cultura y unas costumbres propias; llevaba una civilización a los bárbaros galos, o a los salvajes hispanos. Es obvio que el resultado final fue ese, o más bien, Roma consiguió marcar todas las culturas que subyacían en su Imperio. La Romanización no fue en ningún caso completa, y todos los territorios conquistados mantuvieron ciertas tradiciones, aunque las adaptaron a la forma romana. Es común encontrar templos a divinidades locales, o asimilaciones de estas con las divinidades romanas. Ciertas fiestas de carácter religioso se mantuvieron pese a la conquista, y otras tradiciones pervivieron (incluso hasta nuestra época). No en vano, mientras en Occidente, el latín fue la lengua que se impuso para todo, en Oriente se generalizó, con el beneplácito de Roma, el uso del griego, dejando el latín solo para comunicarse con Roma.

Epigrafía en el teatro de Itálica donde podemos ver el nombre Traianus, en referencia al abuelo del emperador Trajano, nombre indígena latinizado.

¿Quiere decir esto que la Romanización es mentira? No, otros ejemplos muestran como se extendieron aspectos culturales desde Roma hacia todos los rincones del Imperio. El derecho, las obras públicas, la administración… La Romanización, por definirlo de una forma más gráfica, es un cuadro, desde lejos vemos una imagen nítida, clara, homogénea, pero a medida que nos acercamos apreciamos nuevos matices, pinceladas distintas que rompen la nitidez del dibujo, mostrando una imagen completamente nueva, heterogénea. Roma sabía qué buscaba con su expansión, no tuvo – o no fue generalizado al menos – esa idea de llevar su cultura y sus costumbres a los pueblos de su alrededor. Todo eso fue una consecuencia de su interés primero; los recursos naturales. Desde el primer momento, Roma buscó las riquezas de sus vecinos, teniendo un claro espíritu de eficiencia, buscó la conquista de los lugares más ricos y más fácil de controlar; se explica así que, con un ejemplo cercano, la península Ibérica (la Hispania romana) tardarse prácticamente dos siglos en ser conquistada; las riquezas – abundantes – no compensaban las penurias de una guerra tan cruda como la que se vivió. En cambio, lugares como Grecia, con una larga tradición y riqueza, fue rápidamente sometida, igual que Egipto. Dirán que eran territorios en decadencia, en una profunda crisis interna, pero eran más fuertes en conjunto que los belicosos pueblos hispanos, divididos y enfrentados, que defendían en ocasiones un erial desértico como si fuera el mismísimo Jardín de las Hespérides.

Y fue en esa división de los pueblos que sometía donde Roma jugaba; enfrentar las polis entre si (como hizo en Grecia), apoyar a una facción en una guerra civil (en Egipto), o simplemente aliándose con unos pueblos frente a otros (Hispania o la Galia) fue la clave del triunfo de Roma. La aplicación bélica del divide y vencerás. Lo cual nos lleva de nuevo al tema que nos ocupa, la Romanización; para dividir y vencer, Roma necesitó ganarse aliados, y no siempre los pueblos extranjeros estaban dispuestos. Roma se apoyaba en caudillos militares para sus planes, conscientes que estos les haría el trabajo de campo, movilizando a
sus respectivos pueblos. Les tentaba con las posibilidades que Roma podía ofrecer, las riquezas que ganarían, el prestigio de acabar por fin con un enemigo molesto… Y, una vez vencido el enemigo, los incentivaban a mantener la paz con Roma, para defender sus intereses propios (ligados a la preeminencia de Roma). Creado el vínculo con las élites locales, el gobernador romano de turno acudía rodeado de toda su corte, y reproducía la forma de vida de las clases altas romanas delante de sus “nuevos amigos”, los cuales no tardaban en imitarlo. Esta moda de clases altas se asentaba a entre las élites locales, a la vez que el resto de la población tomaba nota, copiando ciertos modelos de comportamientos que se podían permitir, y que marcaban una diferencia prestigiosa con el resto de la población. De este modo, la romanización fue un proceso propio de las poblaciones indígenas, donde Roma jugó un papel puramente pasivo, y que se extendió socialmente desde arriba hasta abajo. Es posible constatar en las poblaciones provincianas que las élites pronto adoptaron los nombres romanos, latinizando sus “apellidos”, mientras que las clases más modestas tardaron algo más de tiempo en hacerlo, erigiéndose en muchas ocasiones como los guardianes de la identidad cultural del pueblo.

Roma, como potencia conquistadora, no tenía mayor interés en extender su cultura, salvo para garantizar una pacificación del territorio que le permitiese una explotación de los recursos naturales tranquila. El papel jugado por Roma, por tanto, muestra que la propia Romanización no es más que la traición de las clases altas de una sociedad indígena a su propia cultura.

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