La Romanización II: La “Contra-Romanización”

Templo de Hércules en el Foro Boario.

En un post anterior estuvimos comentando la heterogeneidad del proceso cultural y político conocido como Romanización, y destacando el papel fundamental que jugó la población indígena por encima de la voluntariedad de la propia romana. Es el momento de comentar el proceso contrario, la influencia de las culturas extranjeras sobre una Roma en expansión. Esta “Contra-Romanización” está intrínseca en la propia naturaleza romana; esa capacidad de adaptación y aceptación de las culturas a las que dominaba marcó este comportamiento, producto de un nacimiento – el de Roma – caracterizado por la propia mezcla de culturas, que llega al extremo de crear un debate sobre si, en origen, la fundación de la propia ciudad fue una empresa latina o etrusca en territorio del Lacio, o incluso un poco de todo. Pero este debate lo trataremos en otros post, que tiene demasiada miga. La verdad es que desde muy temprano Roma presenta un interior heterogéneo donde la presencia de población latina convive con barrios cuya población es “extranjera”; es el caso del Foro Boario, barrio comercial desde la fundación de Roma, donde los comerciantes griegos, fenicios y etruscos se establecieron. Allí se construyó el templo a Melkart, que luego pasaría a ser el famoso Hércules romano, muestra palpable de esta influencia extranjera en el propio corazón de Roma.

Monedas que muestran la helenización del principado de Augusto; Arriba a la izquierda
Ptolomeo I, a derecha Mitridates VI Eupator y abajo el propio Augusto.

Es difícil medir como fue la “Contra-Romanización” y podemos observar como a lo largo de la Historia de Roma, la influencia ha variado en intensidad, sin dejar nunca de existir. Podemos hablar en un principio, con la fundación de la ciudad, de una influencia total; Roma acepta como habitante – aunque limita poco a poco la condición de ciudadano – a cualquiera que quiera asentarse en esa orilla del Tíber, asimila a sus vecinos con los que comparte rasgos culturales (como los Sabinos). La conquista de la península, culturalmente parecida a Roma, no supuso un cambio cultural apreciable a primera vista, sin embargo la ampliación de las fronteras supuso la entrada de nuevos elementos en juego. El enfrentamiento con Cártago supuso un cambio de rol geopolítico de Roma, y pasar de ser potencia itálica a potencia mediterránea. Este cambio de rol supuso una fuerte “revolución” ideológica de la propia Roma y su conversión en foco migratorio del Mediterráneo. Junto con las nuevas mercancías que llegaban a la cada vez más bulliciosa Roma, aparecían personas de etnias muy diferentes, que entre sus productos transportaban nuevas ideas, concepciones y dioses. Entre todas estas personas que aparecían por la cada vez más “cosmopolita” Roma destacan los griegos, que pese a ser conocidos en Italia desde la fundación de la ciudad, tras la conquista de la península helénica aumentó de forma exponencial su movimiento migratorio hacia Roma, incluyendo todo tipo de intelectuales que entraban a formar parte del servicio de los nobles romanos. La influencia griega sobre Roma es evidente; la iconografía religiosa, la adaptación del sistema mitológico… y las ideas políticas. Las concepciones helenas sobre la monarquía inician una ruptura del sentimiento republicano romano (la concepción de igualdad aristocrática romana choca contra el ideal heleno de gobierno monárquico surgido tras Alejandro Magno), en la que van a ir apareciendo cada vez más personas que intentan destacar por encima de sus iguales, a la vez que intentan mantener las formas republicanas. Se inician las luchas personales enmascaradas tras disputas políticas, que abrirán el episodio conocido como Crisis de la República y, por último, la ascensión de Augusto, que cumple las características formales de un rey helénico, aunque se escude en el manto de la tradición romana (un manto del que los emperadores se irán desprendiendo de una forma desigual).

Busto de Trajano, primer emperador nacido de familia provincial, ejemplo de la creciente influencia de las provincias en Roma.

Con la llegada del Imperio, la balanza de relaciones empezó a variar; si durante la República y principios del Imperio, Roma se erigía como centro vital del Estado, punto de redistribución de mercancías (y con ellas ideas), con el paso del tiempo aumentó exponencialmente las relaciones directas entre las propias provincias, que dejaron de lado en cierta forma a Roma como intermediario para iniciar un contacto directo. El peso de los provincianos creció en la capital (como muestra la llegada el poder de emperadores nacidos en las provincias), lo cual aumentó la influencia de estos en los ámbitos culturales, y la importación masiva de ciertos rasgos culturales que se mezclaban en la capital y se difundía por todo el Imperio. A la vez, un ejército que durante años convivía codo con codo con poblaciones fronterizas (en un proceso de romanización más intenso) volvían a sus ciudades con un bagaje cultural nuevo que trasmitían a sus conciudadanos. Es la expansión de religiones como el mitraismo, del que ya hemos hablado, que se trasmitió por todo el Imperio – incluso llegó a ser culto oficial – de la mano de los mismos soldados que defendían Roma.

Pero si la helenización política provocó uno de los principales cambios en Roma (de la República al Imperio), fue otro proceso de “contra-Romanización” el que provocó el siguiente cambio integral del sistema romano; el Cristianismo. La extensión de una religión oriental por todos los rincones del Imperio, hasta convertirse en la religión oficial (y última) de Roma es una constatación de este proceso cultural inverso a la Romanización. La apertura de las mentes romanas hacía nuevos modelos culturales, identificados como una extraordinaria capacidad de adaptación, fue su clave del éxito a la hora de dominar el Imperio. La conversión del Imperio a la nueva religión, surgida en una provincia, muestra como los propios romanos estaban dispuestos a cambiar hasta sus presupuestos más fundamentales. En resumen, la capacidad de expandir su propia cultura estaba fuertemente entrelazada con la capacidad de absorber las culturas que dominaba, en una simbiosis imperfecta que variará entre regiones y durante el tiempo.

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