Magistraturas Romanas I.

Edificio de la Curia, donde se reunía el Senado.

Muchas veces hemos hablado aquí de pasada de las magistraturas romanas, pero hasta ahora nunca nos hemos parado a contar cuales eran y en qué consistían. Hoy tampoco haremos un estudio pormenorizado de todas y cada una de las magistraturas, sería demasiado largo y tedioso. Pero crearemos un contexto para próximos artículos, así para introducirnos en el tema, lo primero que convendría establecer es la naturaleza de estas magistraturas; después de la caída de la monarquía y con el establecimiento de la República, se llegó a la conclusión que, para evitar el surgimiento de nuevas tiranías, las magistraturas debían tener una serie de limitaciones. Para empezar toda magistratura tenía que ser colegiada, esto es, la debían ejercer conjuntamente al menos dos personas, que se controlaban mutuamente con un derecho a veto (intercessio). Con esta norma, se evitaba que el poder absoluto de la ciudad recayese en una sola persona. Por otro lado, toda magistratura se desarrollaría por un tiempo limitado, un año en su mayoría, de modo que en ningún caso se pudiera nadie perpetuar en el poder por tiempo indefinido. Pero quizás, la mayor contención al poder de los magistrados eran dos leyes; la posibilidad de apelación a la Asamblea popular de las decisiones de los magistrados. Esto reducía bastante el radio de acción de las
magistraturas, algunas de las cuales se limitaban a meras tareas administrativas. Incluso el Consulado, la magistratura ordinaria más alta de Roma, terminaba prácticamente en ser el brazo ejecutor de las decisiones del Senado (la ruptura de la armonía entre cónsul y Senado tuvo, entre otros factores, como consecuencia el fin del propio sistema republicano). De esta forma, el poder recaía en el Senado y, con el tiempo, le surgió como contrapeso la Asamblea Plebeya (que aquí explicamos su nacimiento).

Escipión el Africano cuya meteórica carrera pudo propiciar las leyes de ordenación del “Cursus Honorum”

Pero las magistraturas no surgieron de un día para otro, si no que son el fruto de un sinuoso camino legislativo. Sabemos que las primeras magistraturas surgidas tras el caótico fin de la monarquía (aquí explicamos ese episodio) son llamadas Pretores, una magistratura que concentraría prácticamente todas las competencias del desaparecido Rey. Ante la dificultad que conllevaba llevar con acierto todas las competencias, se optó por crear una magistratura superior, los Cónsules, que asumirían la máxima representación del Estado y el mando de los ejércitos. De esta forma los pretores se quedaban más a cargo de la política interior, y los cónsules de la exterior (Aunque cabe recordar, como dijimos antes, que el margen de maniobra era escaso y todo venía a ser una derivación de las decisiones senatoriales). Con el tiempo van surgiendo la Cuestura (dedicados a los temas monetarios y tesoreros), la Edilidad Curul (desarrollada solo por patricios se dedicaba a cuestiones internas de bajo perfil) surgida frente al Tribunado Plebeyo (solo ejercido por plebeyos, su responsabilidad más notable era la de defender a la plebe en las asambleas frente a las decisiones del Senado). Toda esta nebulosa de magistraturas son ordenadas en una carrera política conocida como “Cursus Honorum”, que buscaba una racionalidad a la hora de desempeñar los cargos (empezar por aquellos con menos responsabilidad y acabar en el Consulado), así como establecer una edad mínima para el desempeño de dichas magistraturas, para evitar carreras meteóricas que podían desequilibrar el sistema (como pasó con Escipión el Africano, que desempeñó las más altas magistraturas cuando no había llegado a los treinta). A la vez esta ordenación de las magistraturas dejaba años donde los jóvenes debían cumplir con su formación militar, generalmente como legados. Aunque no pertenecía oficialmente al “cursus honorum”, cumplir con las obligaciones militares se consideraba indispensable para poder optar a las más altas magistraturas del Estado.

Cayo Julio César desempeñó practicamente todas las magistraturas del Estado, incluida la de Dictador.

Existían dos magistraturas especiales; Dictador y Censor. El primero era una magistratura extraordinaria, que solo se podía utilizar en momentos de inestabilidad interna o externa. Tenía un poder ilimitado, y no debía responder ante nadie, pero solo podía ejercer durante seis meses. Aunque teóricamente era la única magistratura sin colega – pese al intento de darle uno durante las guerras púnicas que acabó muy mal – estaba acompañado de un segundo, el Magister Equites, que si podía evitar, en alguna medida,
los posibles desmanes. La Censura, por su parte, era una magistratura elegida cada cinco años, ejercida por viris consularis (senadores que hayan sido cónsules antes) encargados de realizar el censo de la ciudad y fiscalizar el dinero del Estado. Ambas magistraturas no pertenecen al “Cursus Honorum” pero es importante mencionarlas.

De esta forma, de forma muy suscita, vemos como el Estado republicano romano es un órgano complejo, dependiente casi por completo de la unión del Senado, que era quien llevaba realmente la voz cantante a la hora de tomar decisiones. Así mismo vemos como se configura un itinerario de cargos ideado para formar a los jóvenes senadores en las tareas de gobiernos, a la vez que alternaban su educación civil con la militar. Con la llegada del Imperio, el “Cursus Honorum” se convirtió en un itinerario anecdótico, y solo el favor imperial permitía el ascenso en la escala política y la velocidad de dicho ascenso. Pero eso ya es material para otro artículo.

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