Marco “Fiestas” Antonio: Magister Equitum

Marco Antonio es uno de los personajes que más ha hecho volar la imaginación de Marcus_Antoniusescritores y cineastas. Su romance con Cleopatra, una de las historias amorosas más conocidas, con su épico final, suele ponerse de ejemplo para hablar de la fuerza de los sentimientos. En contraposición a este carácter romántico se encuentra el Marco Antonio provocativo, orgulloso y excéntrico que quería pasear por Roma con un carro tirado por leones. Un personaje complejo, lleno de claroscuros, cuya participación – o conocimiento – de los sucesos en los Idus de Marzo sigue siendo tema de conversación en algunos foros de Historia. Pese a su comportamiento, bajo la mano de Julio César ascendió hasta ser nombrado magister equitum. Sin duda, para César este estrambótico senador, de origen plebeyo, era un aliado imprescindible.

Debía, Julio César, conocer las excentricidades de su aliado y confiar plenamente en él cuando, tras la victoria en Farsalia, ordena a Marco Antonio regresar a Roma y hacerse cargo de los asuntos políticos mientras el Dictator terminaba con la oposición. De esta forma, nuestro protagonista se convertía en el poder de facto en Roma durante varios meses, un tiempo en el cual no se guardó de continuar con su forma de vida e incluso llegó a ir más allá. Las fuentes nos relatan que gustaba moverse por Roma en un carro, posiblemente britano, seguido por otros carros, uno que transportaba a su amante oficial del momento y otro con su propia madre. Además, ese cortejo iba precedido de los lictores correspondientes a su cargo. Sus fiestas eran famosas por su lujo y su afición a la bebida era casi su forma de vida – incluso se dice que, con los años, llegó a escribir un libro sobre el asunto –. Su desenfreno era tal que atendió asuntos públicos en estado de embriaguez o con resaca y en una sesión del Senado tuvo que parar para vomitar delante de todos los senadores.

Con este comportamiento es normal que el mensaje de César de tranquilidad y voluntad de no convertirse en un auténtico tirano quedase en entredicho. Sí su segundo, a todas vistas “un mandado” de César tenía esta clase de comportamiento, qué se podía esperar del propio Dictator. Entonces ¿cómo podía Julio César dejarlo al mando? Posiblemente, como se comentaba al principio, se debía a la complejidad de Antonio; pese a su amor al desenfreno era un político hábil que sabía ganarse el amor del pueblo (y del ejército), muy leal a César y al “bando” popular. Aunque cometía toda clase de atropellos y no tenía un comportamiento ejemplar, hacia cumplir la voluntad legisladora de Julio César y mantener a raya a los enemigos arrepentidos. Y eso debía bastar, al menos de momento, al Dictator más preocupado por aplastar militarmente la oposición y hacer una escapada por el Nilo con Cleopatra.

No es lugar este para hacer una radiografía completa a este personaje fundamental en la historia de Roma; buen militar, hábil político, mujeriego, excéntrico y amante de la bebida, su recuerdo siempre levantará controversia. Quizás ese sea su legado más genuino.

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