Materno, el bandido que quiso ser emperador.

Que el gobierno del emperador Cómodo no fue fácil es algo que prácticamente todo el mundo sabe. Otra cosa es que achaquemos esa dificultad a la hora de dirigir los designios del Imperio a unos factores o a otros. Pero ese tema lo trataré en otro artículo, ahora quiero centrarme – si me lo permites – en uno de esos puntos que resumen la situación de Cómodo y su contexto. La economía romana estaba lejos – lejísimos – de estar en su mejor momento, algo que ya se hizo notar durante el reinado de Marco Aurelio y que Cómodo heredó y apenas supo cómo hacerle frente. Una situación que pagó, y con creces, las poblaciones rurales que veían a un gobierno que los había abandonado a su suerte. Es, a modo de resumen, un perfecto caldo de cultivo para conspiraciones, motines y sublevaciones. Y así ocurrió; en la primera mitad del año 168 un antiguo legionario que había destacado por su osadía desertó de su puesto junto a otros compañeros. En principio este hecho no tenía más importancia, en toda la historia de Roma – incluso en la época más gloriosa – han tenido lugar deserciones, y simplemente se buscaban a los desertores y se ejecutaban.

Sin embargo este caso fue algo más. Nuestro protagonista, aquel osado desertor, se llama Materno y fue capaz de organizar una banda de criminales con bastante éxito. Materno y sus secuaces empezaron a saquear campos y aldeas ante la inacción de los poderes públicos. Unas acciones que le reportaron bastantes beneficios hasta el punto que, en verano del 186, Roma dejó de tomarlos como una simple banda de saqueadores para tomarlos como un auténtico enemigo del Imperio. Cómodo escribió unas furibundas cartas a los gobernadores de las zonas afectadas acusándoles de negligencia, y no es para menos contando que Materno llevaba “danzando” por la zona de las Galias, Hispania y Germania la friolera de dieciocho años. Curiosamente tres de los destinatarios de dichas cartas fueron Pescenio Níger, Clodio Albino y Septimio Severo. Los tres se enfrentarían por el trono pocos años después. Ser considerado un peligro real por parte de Roma debió de inflar el orgullo de Materno que comenzó a albergar proyectos más ambiciosos, incluso a soñar con ocupar el trono. No obstante, pese a que contaba con una fuerza considerable, no estaba a la altura de los ejércitos imperiales que se organizaban para ir contra él. De este modo entendió que si quería superar el inconveniente que supone que un ejército profesional vaya a por ti, debía ingeniárselas para no estar allí cuando llegue.

De este modo y acompañado por algunos de los suyos consigue colarse en Italia, y de allí llegar hasta Roma. Su plan era simple: aprovechando la fiesta de las Hilarias (25 de marzo) se disfrazaría de pretoriano, se colaría en el cortejo de Cómodo y esperaría la ocasión para asesinarlo. A ver, no es el mejor plan, pero es un plan. Sin embargo alguien se fue de la lengua, Materno fue capturado y decapitado y su ejército, sin un líder, se disolvió sin mayores contratiempos. Cómodo se mantuvo en el poder unos años más, aunque ya vemos que no debió ser fácil mantener el control del Imperio.

Acaba así una curiosa historia que, en gran parte, resume mucho la situación del Imperio a finales del siglo II. Una galopante crisis económica que los distintos emperadores no supieron frenar, mezclado quizá con unos gobernadores que, en cierto modo, no terminaron de ayudar al emperador – por los motivos que fuesen – y una población que, al final, recurre al bandidaje como vía de escape. Una vía de escape el bandidaje que, en el siglo III, se convertía en un problema endémico: los bagaudas.

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