No te metas con Adriano

Es bastante conocida la fama de Adriano por ser amante de las artes. Una pasión por la cultura helénica que le supuso bastante críticas cuando empezaba a despuntar bajo la protección de su tío Trajano y más cuando le sucedió en el trono. Aficionado como el que más a la poesía, la filosofía y la música también hacía sus pinitos en lo que hoy llamaríamos ciencias e incluso en campos tan diversos como la astrología (se llega a decir que el primer día de su último año de vida escribió todo lo que le iba a pasar). En consecuencia, como cualquier apasionado que se precie, se rodeó de lo mejorcito del Imperio para debatir, hablar de artes o escuchar poesía. Una costumbre que le supuso algunos encendidos debates con las mentes más prominentes de la época, muchos de los cuales salieron cabizbajos, no porque Adriano ganase en la disputa dialéctica sino porque ¿cómo ibas a discutir con el emperador y seguir vivo?

Un ejemplo de este paradigma lo representa el filósofo Favorino de Arnés quien era conocido y estimado por Adriano. La cuestión es que Favorino en uno de sus escritos utilizó cierto término en un sentido que el emperador entendió incorrecto. Hasta aquí, desde un punto de vista actual no habría más problemas, sin embargo Adriano era de esas personas que les gustaba hacerse notar y que le dieran la razón siempre. Sabiendo que Favorino de Arnés era uno de las mentes más prominentes del momento aprovechó la cuestión para, públicamente, reprenderle por lo que él entendía una utilización incorrecta del término. La disputa entre ambos debió ser bastante encendida, pero terminó con la victoria de Adriano y con la salida humilde de Favorino del lugar. Sin embargo, y aquí está la cuestión, tras salir Favorino fue rodeado por sus amigos y seguidores que le preguntaban porqué no había replicado a Adriano quien, además de equivocado, había utilizado unos argumentos penosos. Favorino miró a todos sus amigos y, ante la atónita mirada de todos, rió a carcajada limpia como si de una broma se tratase. La cara de los allí reunidos debió ser un poema, no obstante, cuando Favorino se calmó y pudo hablar de nuevo les respondió:

“No me aconsejáis bien, amigos míos, puesto que no soportáis que yo considere más sabio que nadie a quien tiene bajo su mando a treinta legiones”

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