Odiosos Impuestos… Horribles Recaudadores.

Ya hemos dado entender en varios artículos, que en ocasiones, la clase senatorial no era, ni por asomo la clase más rica de Roma. Y es normal, los senadores tenían vedados ciertos tipos de negocios, muy lucrativos, pero que no concuerdan con las costumbres romanas, que se basaba en que, la riqueza “moral” es la que aporta la propiedad de tierra, convirtiendo a los Senadores en terratenientes, más o menos ricos, pero lejos de los lucrativos contratos
públicos que se llevaban los verdaderos ricos de Roma, los Equites (Caballeros). Y es que no es moco de pavo ser contratado, por ejemplo, para llevar los suministros de un ejército en campaña, y más cuando las campañas podían durar años, en lugares cada vez más alejados, y generalmente especulando casi libremente con el precio. Los senadores se dedicarían a este tipo de negocios, pero siempre a través de un testaferro (un liberto por lo general). Surgen de esta manera, en la República, los Publicani (Publicanus en singular, Publicano en castellano), equites que eran los principales contratistas del estado. Pero no solo se dedicaban a realizar los suministros del ejército, también prestaban dinero al Estado y se encargaban de recolectar los impuestos por las provincias, hecho, este último, por lo que llegaron a aparecer incluso en la Biblia. Eran, por ser el símil con la actualidad, los grandes banqueros de Roma.

Relieve de unos Publicani con las manos en la masa… y con cara de pocos amigos.

Imaginemos la situación; Roma y la península itálica abandonaron su producción económico al ritmo que las fronteras se agrandaban y las riquezas fluían desde fuera hacía el centro (Roma), provocando que pudieran vivir de las rentas. A la par, el aparato estatal de Roma no creció tan rápido, y la recolección de los impuestos se privatizó; los Publicani pujaban en el foro de Roma por los impuestos de alguna provincia o provincias. Subastados, el pujador más alto, amparado por la Ley, mandaba a una cuadrilla de recaudadores cuya misión es conseguir la mayor cantidad de dinero posible, más de lo que se gastó su jefe en el foro. De esta forma, el Estado Romano se libraba de tener que ampliar el aparato burocrático, ahorrando mucho dinero, y los equites aumentaban sus riquezas, pues pujaban por los impuestos a la baja, antes de esquilmar con el beneplácito del gobernador, la provincia en cuestión.

Denario de plata con el retrato de Roma, la diosa protectora de la capital.

Y ahí radicó el problema con los Publicaní y que llevó a su desaparición. Al llegar a una provincia, amparador por la Ley, maltrataban, robaban y extorsionaban a sus habitantes, superando lo que debían aportar al fisco, y generalmente con un soborno al gobernador, que hacía la vista gorda en los casos más escandalosos. La cosa empeoraba cuando, una vez recorrida la provincia, el Publicanus no estimaba haber hecho negocio, o sus beneficios eran inferiores a los esperados, sus secuaces se empleaban a fondo para conseguir más de los ya de por si pobres de la zona, y no precisamente de forma civilizada. Aún así, se legisló durante la República para evitar estos abusos, pero los caballeros que eran acusados, acababan siendo juzgados por otros caballeros, con lo que, al final, se protegían entre ellos, y todo quedaba en papel mojado.

Quizás sea la vergüenza de estas costumbres, quizás el cambio en el flujo económico, donde las provincias fueron adquiriendo más importancia en el mundo político, y el tráfico directo entre las provincias fue aumentando (dejando de ser Roma la encargada de redistribuir las riquezas), durante el Imperio se puso fin a los Publicani. Sea como sea, durante el siglo I se acometen fuertes reformas que coartaban esa libertad de los recaudadores de impuestos en las provincias, y durante el siglo II d.C. la figura del Publicanus es prácticamente inexistente.

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