Organización Militar: Castigos y Condecoraciones

Última parte de la serie de artículos sobre el ejército romano de nuestro amigo Jesús Ricardo González Leal (@rgonzalezleal).

El ejército romano estaba compuesto por unas huestes con maquinaria avanzada y una organización militar casi perfecta, pero el arma más importante de estas tropas era la disciplina con la que estaban formadas.

Cualquier acto de indisciplina conllevaba la pena de muerte. El soldado que la cometía era apaleado hasta morir o quedar moribundo y después se abandonaba fuera del campamento. Si el acto había sido colectivo, se diezmaba a la unidad. Para ello, un soldado sacaba un número al azar y, a partir de ese número, iban matando a los soldados de diez en diez. Por ejemplo, si se sacaba el número 3, se mataba al soldado número 3, después al 13, al 23, al 33, al 43… y así sucesivamente. El resto de la unidad debía acampar fuera del campamento hasta que les volviesen a aceptar mediante una acción valerosa.

De la misma forma que existían castigos, también existían reconocimientos respecto240px-Centurio_70_aC a las acciones valientes y heroicas. Para ello se entregaban brazaletes de plata y oro, collares, medallones, e incluso una parte del botín, pero las “condecoraciones” más importantes eran las coronas.

El soldado que salvase la vida de un ciudadano romano en una batalla se le entregaba la corona cívica, en cambio, al primero que escalase la muralla enemiga recibía la corona mural, y el primero en franquear el atrincheramiento contrario recibía la corona vallar.

Pero sin duda alguna, la mejor y mayor de las victorias estaban marcadas por el privilegio de realizar un Triunfo en Roma.

Vir triumphalis

La celebración de un Triunfo era el mayor reconocimiento que un general romano podía tener. Esta conmemoración daba al privilegio del general victorioso de desfilar con sus tropas por Roma, pero no todos los generales conseguían el Triunfo ya que este necesitaba de unos requisitos tales como vencer a 5.000 enemigos extranjeros en una batalla siempre y cuando esta fuera Bellum Iustum –guerra justamente declarada por el rito fecial- y se ganase: de nada servía la victoria si la guerra se perdía. Así mismo, debía contar con la aprobación del Senado de Roma y debía ser aclamado como imperator por sus tropas tras la batalla.

El itinerario del vir triumphalis comenzaba en el Campo de Marte. Allí esperaba el ejército fuera de las murallas Servianas. Al comenzar el desfile, estos pasaban por la Porta Triumphalis, seguían por el Velabrum, cruzaban el Foro Boario, y llegaban al monte Capitolino por la Vía Sacra. Allí se detenían a los pies del templo a Iupiter Optimus Maximus y, con sus lictores, el general victorioso entraba y ofrecía a los dioses su corona de laurel como ofrenda, lo que simbolizaba que sus intenciones no eran convertirse en rey de Roma. Así pues, este rito se convertía tanto en civil, por la conmemoración de una victoria militar, como en una festividad religiosa.

roma11El “triumphator” iba vestido de púrpura e iba montado en una cuadriga tirada por caballos blancos. Un esclavo conducía a los animales mientras otro sujetaba una corona de laurel sobre la cabeza del general, cuyo rostro estaba pintado de rojo, mientras le murmuraba al oído que “no era ningún dios” a través de una fórmula latina: “Respice post te, hominem te esse memento”-Mira hacia atrás y recuerda que eres un hombre. En sus manos, el vir triumphalis llevaba una rama de olivo y un cetro de marfil u oro.

Roma se llenaba de colorido: las calles se adornaban, las estatuas se ornamentaban, se abrían las puertas de los templos donde se ponía incienso para perfumar mientras la muchedumbre lanzaba flores al cortejo que recorría las calles.

 El cortejo lo abrían los magistrados y senadores de Roma seguidos de unos músicos que tocaban la corneta. Tras ellos, de forma espectacular, se exhibía el botín de guerra conquistado: murales con las victorias, oro, plata, estatuas, tesoros, animales exóticos… detrás iban los sacerdotes con un buey blanco para el sacrificio a los dioses y luego los rehenes: príncipes y líderes de las naciones conquistadas que eran expuestos al público para ser estrangulados al término de la celebración. Tras el cortejo, aparecía
la figura del general victorioso que llevaba tras de sí a sus soldados que podían cantar canciones en tono de burla a su general porque les estaba permitido.

Al término de esta celebración, le seguía un banquete realizado por el vir triumphalis donde participaba todo el pueblo, siendo muy frecuentes las luchas de gladiadores y los espectáculos en las calles.

Para otra visión del Triunfo romano, pulsa aquí.

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