Pan y Aceite

En multitud de ocasiones nos llega a la cabeza la famosa frase de Juvenal “Pan y Circo”. Mucho se ha hablado de la segunda parte, el Circo, entendido como esa cantidad de actividades lúdicas organizadas por personajes públicos y privados con los que el pueblo disfrutaba y olvidaba las penurias del día a día. Y no faltaban ocasiones, ya sea una festividad religiosa, la muerte de alguien importante o simplemente aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, los romanos ricos sabían que tener el amor del pueblo de su lado era fundamental en la despiadada carrera política en la que estaban envueltos, y no dudaban en hacer el desembolso que hiciera falta para comprarlo. Y no olvidemos que los juegos, aunque sean públicos, corren a cuenta del organizador que tiene que pagarlos de su propio pecunio. La importancia de los juegos llegó a ser tan alta que incluso se legisló la cantidad de juegos que los diferentes magistrados debían ofrecer a lo largo de su mandato. Pero no hablaremos de los Juegos, sino del Pan al que se refería Juvenal.

Durante años Roma vio incrementar su población a la par que extendía sus fronteras. Entre ellos muchos acudían a la capital en busca de un futuro mejor a la luz de una ciudad dominadora que daba la sensación de tener riquezas para todos. Pero no siempre se conseguía un buen lugar en la urbs, por lo que cada vez más gente se hacinaba a la espera de poder ganar cualquier dinero, por el medio que fuese, con el que poder sobrevivir un día más. Son estas personas la base de esas bandas callejeras que veremos funcionar ya a finales de la República como arma de presión política, o de los que Mario echará mano para rellenar las legiones que seguirán conquistando el mundo durante casi tres siglos más. Era una masa popular que, como vemos, bien podía usarse de arma política, y no todos estaban dispuestos a pasar las penurias de la instrucción militar. Había que tenerlos contentos, pero sobre todo, atendidos. Y para que no sientan la tentación de robar, esta atención pasa por proporcionarle la comida. En principio se estipuló la venta de grano a un precio reducido, lo que hoy podríamos llamar subvencionado, pero con el devenir de Roma esta subvención pronto se convirtió en el reparto gratuito de grano – al que luego se le añadiría aceite – a los grupos sociales más desfavorecidos.

Esta preocupación de los principales líderes políticos de la República pasó, de forma natural, a ser preocupación del Princeps. Augusto sabía lo peligroso que era una plebe hambrienta para la estabilidad de Roma, y Claudio sufrió en sus propias carnes que su vida dependía de no tener a mucha gente hambrienta en la ciudad. De esta forma, ya desde Julio César y sobre todo durante el siglo I d.C se puede contemplar como el sistema de la Annona, que era como se llamaba a la compra por parte del Estado del grano y el aceite, se fue perfeccionando y mejorando. Y fue un negocio bastante rentable, la Annona Olearia (esto es, la compra de aceite por parte del Estado) se convirtió al poco en el motor principal de la economía de la provincia Baetica dando tantos beneficios que a finales del siglo I ya tendremos al primer emperador proveniente de dicha provincia. En efecto, no sería descabellado enunciar que Trajano fue emperador gracias a la rica producción de aceite en el sur de la península Ibérica, al igual que lo sería Adriano y, en parte, Marco Aurelio. Para entender hasta qué punto fue importante nos queda como muestra el llamado Monte Testaccio, en Roma, donde han quedado apiladas miles de ánforas de aceite provenientes de la Baetica y que sirve para documentar cómo funcionaba este sistema y quienes estaban involucrados en él.

Pero el Estado solo usaba la Annona para sus intereses propios, estos son, la plebe de la ciudad de Roma y, nunca olvidemos, el ejército (a estos sí que había que tenerlos muy contentos). En el resto de ciudades del Imperio era la iniciativa privada la que estimaba oportuno repartir los alimentos básicos a los grupos más desfavorecidos. Es fácil pensar que el reparto de comida entre las clases populares (y la producción de juegos) de una ciudad permitía a la aristocracia local mejorar su situación, y llegado el momento, dar el salto a la aristocracia provincial y de ahí a Roma, su principal objetivo.

Pan y Aceite, pues, a la plebe que con su amor te llevará a Roma.Y circo de vez en cuando, que no todo en la vida es comida.

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