Patrón busca Esclavo. Razón aqui.

El mundo antiguo tiene como base una economía de tipo esclavista, y Roma no iba a ser menos. A diferencia de la concepción del esclavo en el Oriente Próximo, donde los esclavos formaban parte de la familia (dentro de unos limites) los griegos y romanos entendían que el esclavo era una propiedad, un objeto sin derechos, del que se podía exigir cualquier cosa, desde el trabajo hasta el sexo. Y la muerte. El dueño del esclavo podía disponer su muerte como castigo, aunque era una práctica poco habitual dentro de lo que cabe, pues un esclavo era caro y no era cuestión de tirar el dinero. Pero la esclavitud no siempre era tan inhumana como puede parecer, y está llena de matices. No defenderemos un sistema esclavista pero aclararemos a qué nos referimos cuando lo aplicamos en Roma.

Es cierto que si eras un hombre fuerte, con poderosos brazos y pocas luces, tu destino pintaba feo; o ibas destinado a la arena del anfiteatro, a jugarte la vida como oficio, o ibas a las enormes plantaciones, a trabajar de sol a sol (si eras fuerte pero “recortaito”, tu destino eran las minas… lo siento). Pero si eras un hombre de una cultura importante podías acabar como pedagogo de los hijos de los ricos o como narrador oficial de las gestas de un ávido político que necesita que sus proezas sean magnificadas en textos llenos de imaginación (léase Polibio por ejemplo). Al fin y al cabo, al igual que cuando vas a comprar cualquier cosa, buscas algo que se adapte a tus necesidades, pues comprar un esclavo es lo mismo. Y claro está, no todos los esclavos valían lo mismo, un chico joven, que no destaque ni por fuerza ni por cultura, será más barato que un guerrero galo listo para combatir o un pedagogo griego que enseñe a los niños por las mañanas y ensalce la figura del dueño por las tardes. Era un negocio lucrativo para algunos y una jugada desesperada para otros, que se vendían a si mismo como esclavos para pagar sus deudas, o para huir del hambre o que vendían a sus hijos. Otras veces dentro del botín de guerra que los soldados conseguían incluían esclavos, prisioneros de guerra, que podían vender o se los quedaban para su disfrute.

Sin embargo, y como suele ocurrir tristemente en la historia, si eras mujer el asunto era bastante más peliagudo. Si tenías la mala fortuna de caer en las redes de la esclavitud, mucho debían protegerte los dioses para que tus dueños fuesen buenos contigo; de lo contrario podrías caer en una serie de destinos que no serían fáciles de llevar (sí, hablamos de la prostitución). En cambio, podías entrar en el servicio doméstico de una casa donde los dueños no te molesten ni te traten con severidad. Es más, en muchos casos se ha documentado que el patrón acabó enamorado de la esclava y la convirtió en su esposa legal (véase Acilia Plecusa). Es cierto que eran casos muy raros, casi excepcionales en comparación con el número de esclavas que hubo en Roma, pero rompe un poco con el titular que tanto usamos que compara esclavos con muebles (nadie se enamora de una silla o de una cómoda).

Lo cierto es, en definitiva, que había destinos dentro de la esclavitud mejores que otros. Dependiendo la suerte que corrieses, podías tener un futuro más o menos esperanzador. De hecho, en muchos casos, los esclavos vivían en mejores condiciones que hombres libres, pues tenían asegurado su manutención por el patrón, cosa que el hombre libre no siempre tenía. Además, si caías bien al patrón y te tenía como alguien útil, es posible que te liberase (manumitir es el verbo más adecuado) y que pasases a engrosar esa lista de libertos que los hombres importantes tenían. Un destino cómodo y casi soñado por muchos esclavos. Amén de compartir tu nombre con tu antiguo amo que ahora pasaba a ocupar la posición de “tu padre” en tu flamante nombre romano, cambiando el filius por el libertus (aquí sobre el nombre romano)

Este sistema esclavista marcó el nacimiento, crecimiento y apogeo de Roma, y muchos autores destacan como causa de la decadencia el fin del lucrativo negocio de los esclavos debido al fin de las guerras de expansión (que nutrían de hombres fuertes -prisioneros de guerra- el mercado de esclavos) y el inicio del Cristianismo, que condenaba la esclavitud.

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