Pérgamo: Reino del Pueblo Romano.

Atalo II ó III

No todo en la política exterior de Roma fue guerrear, pelear y destrozar al enemigo; aunque cueste creerlo, en ocasiones los romanos podían desplegar una política diplomática bastante efectiva, beneficiosa y sorprendentemente pacífica. Es el caso del reino de Pérgamo, en la costa anatólica, que era un reino que había gozado de preeminencia aunque ahora estaba algo decaído por la falta de interés en el gobierno de su rey, Atalo III. Mantenía cierta importancia convertido en foco artístico y cultural, pero a la vez era una presa jugosa que los reinos cercanos codiciaban, aunque nunca se pusieron manos a la obra. Volviendo al tema que nos ocupa, Atalo III, dedicado al estudio de las plantas y la medicina, se desentendió tanto del gobierno como de tener descendencia. Esto último era un problema, la falta de un heredero al trono levantaría a los reinos vecinos – y no tan vecinos – con la intención de o bien establecer un rey títere o bien anexionarse Pérgamo. La situación podría volverse dramática, y esa falta de heredero no solo podía alimentar las ambiciones en el exterior, podía azuzar las conspiraciones internas – a las que siempre se ha sido muy aficionado en el mundo mediterráneo.

Ante este dilema, Atalo optó por una de las salidas más comunes en estos casos; observando el panorama internacional decidió legar su reino a una de las potencias emergentes que aparecía desde occidente, la República de Roma. Porqué Roma: por un lado, para mantener Pérgamo en buena posición era importante que alguna potencia velase por ella, y esto era algo que Roma podía cumplir perfectamente. Por el otro lado, de todas las potencias posibles, Roma cumplía un requisito importante, estaba lo suficientemente lejos de Pérgamo para que este mantuviese al menos muy altas cotas de autonomía. Es decir, Pérgamo pasaría a formar parte de Roma de manera oficial, pero la vida y la autonomía del reino apenas sufrirían variaciones, incluso se reforzarían ya que sus enemigos naturales se lo pensarían mucho antes de meterse con la creciente República. Pero claro, una cosa es la teoría y otra la realidad; el acuerdo podía frenar a las potencias de la zona, pero no tenía porqué agradar los propios habitantes de Pérgamo, que podían tener otras preferencias. Estas ambiciones internas se vieron favorecidas por la tardanza de Roma de hacer valer sus derechos – no era Roma una república de rápidas reacciones,
quizás este fue otro de los factores que provocaron su caída y la llegada del Imperio- y surge un tal Aristónico que se declara hijo del rey Eumenes II, y por tanto reclama sus derechos al trono. Derrota al ejército que envía Roma y se mantiene en el poder alrededor de dos años. Roma vuelve a mandar un ejército, que esta vez vence al “usurpador” y consigue la dominación efectiva de Pérgamo, pero ante la situación de inestabilidad y ante la visión de la incapacidad de Roma para controlar el nuevo territorio (había sido derrotada y había tardado dos años en hacerse con la situación), la República necesita aliviar la potencial presión externa. Decide dividir el reino entre la propia Roma, Capadocia y el reino del Ponto, aliándose con ambos para mantener la paz en la región.

Vista de los restos del Asclepion de Pérgamo.

Mientras en Roma, tras la lectura del testamento de Atalo III que cedía el reino al, estrictamente, “pueblo de Roma” uno de los tribuno de la plebe, Tiberio Sempronio Graco, exigía el reparto del tesoro de la ciudad – que era enorme – entre los verdaderos herederos, esto es, todos los ciudadanos romanos. Esta campaña populista es muestra de a qué punto había llegado el clima político de la Roma de finales del siglo II a.C. Esta idea, y sobre todo sus intentos de reforma agraria, acabó costándole la vida a él y a muchos de sus seguidores, cuando un grupo de exaltados liderados por senadores, los atacó en la plena calle. Pérgamo se mantuvo como provincia de Roma, estatus que le permitió iniciar una época de bonanza, convirtiéndose en una de las ciudades más importantes de la antigüedad. Esta Roma se extendía generalmente por las malas, pero en ocasiones, por las buenas.

 

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