Quien tiene un amigo…

Mapa con los pueblos de la península itálica.

La amistad es un bien que debe ser regado constantemente. No os asustéis, La RomaPedia no se ha puesto filosófica, solo dejamos constancia de algo que Roma debió aprender a sangre y fuego. Vamos a comentar la Bella Socii, o Guerra de los Aliados. Nos situamos a finales de la República romana, comienzos del siglo I a.C después de unos años de relativa paz exterior, el Senado pugnaba en una pelea constante contra los tribunos de la plebe de corte populista que estaban empeñados en reformar la República, empezando por poner freno al poder del propio Senado y al aumento de tierras en manos de las clases adineradas (convertidos ya en grandísimos latifundistas). Y es que, a medida que se mandaban a guerrear a los ejércitos, las tierras quedaban baldías (pues sus dueños estaban en la guerra) y las familias ricas iban comprándolas. En ocasiones, las ocupaban de manera fraudulenta y sobornaban para que le dieran la propiedad, o se redactaban leyes que les concedía la propiedad. Ya sabemos que los romanos, pese a su afición por las recolecciones jurídicas y su amor por el estudio del derecho, no eran muy amigos de cumplir sus propias leyes.

Por otro lado, los llamados Socii, que eran los pueblos aliados de los romanos, en concreto en este caso los de la península itálica llevaban un tiempo descontentos. Las fronteras se extendían a una velocidad impresionante, donde las legiones aliadas luchaban codo con codo con las aliadas, como un mismo ejército, pero los beneficios de esta expansión no se repartían por igual. Roma se quedaba con todo, para ella era la gloria y las riquezas, y los aliados se debían conformar con lo que el general romano entendiese como merecido. Es un problema
histórico, y ya salió a la luz durante la II Guerra Púnica cuando Anibal llegó a la península itálica y buscó quebrar el entramado de alianzas que sostenía a Roma. Cansados pues de esta situación, presionaron a Roma, comprando a algún que otro Tribuno de la Plebe para sacar leyes a su favor. Surge la figura de Marco Livio Druso, Tribuno de la Plebe en el 92, que intentó dar solución a los dos problemas, el primero a través de una ambiciosa ley agraria (que limitaba la extensión de las propiedades y proponía un reparto de tierras entre la plebe romana) y, a escondidas, sacar leyes a favor de los aliados. No tuvo éxito – pese a conseguir aprobar la ley agraria – pues el Senado lo desautorizó y Druso fue asesinado en su propia casa. Estalló una revuelta de la plebe en Roma contra un Senado soberbio y egoísta, a la vez que los aliados veían una vez más frustradas sus aspiraciones. Pero, para escarmiento de Roma, esta vez, los Socii no se iban a quedar quietos.

Moneda acuñada durante la Guerra de los Aliados (Bella Socii) donde podemos ver al toro itálico embistiendo a la loba romana.

Tenemos que ver que los Aliados itálicos no eran bárbaros, y existían muy pocas diferencias entre el modo de actuar y de pensar entre romanos y resto de la península italiana. Ante la situación de la ciudad de Roma, en una casi anarquía interna, los aliados deciden reunirse en una nueva República, con capital en Corfinium, con su propio Senado, que acuñará moneda propia y luchará contra el poder de la Roma que los ha despreciado en demasiadas ocasiones. De la noche a la mañana Roma se encuentra que prácticamente todos sus aliados le han dado la espalda, cansados de ser maltratados por magistrados y no tener una parte justa en los beneficios de las conquistas (solo el Lacio y algunas ciudades aisladas mantuvieron la lealtad a Roma). Esta recién fundada república recibió el nombre de Italia. El panorama para Roma era negro a lo que se le unió un principio poco prometedor en los enfrentamientos con sus antiguos aliados, pero tuvo suerte y aunque derrotado, consiguió evitar una batalla decisiva que firmase el fin del poder romano. No vamos a hablar aquí del desarrollo bélico, pues es una campaña poco brillante, donde no cabe destacar apenas ningún episodio, ya que el resultado del enfrentamiento acabó más por medio de la diplomacia que de las armas.

El Senado romano entendió que toda la República dependía de los aliados, y necesitaba por su bien mantenerlos a su lado. Así que lo primero que hizo fue aprobar una ley por la que concedía la ciudadanía a los aliados no sublevados; esto garantizaba la lealtad de los aliados fieles frenando las posibles tentaciones. Después, viendo el trascurso de la guerra, estableció que todos los aliados sublevados que depusieran las armas, recibirían la ciudadanía romana, lo cual era más de lo que los propios aliados buscaban en un principio, Roma establecía que prácticamente todos los habitantes libres de Italia eran iguales, ciudadanos romanos. Con esto Roma dejaba el enfrentamiento sin base, pues aceptaba compartir los beneficios de las conquistas y los derechos de los ciudadanos romanos con todos sus aliados itálicos – siempre que se rindieran-. Pero hay pueblos que son muy orgullosos, y pese a que la mayoría de los aliados pronto aceptó volver a ser aliada de Roma – o más bien, parte de la propia Roma – algunos se mantuvieron firmes. Es el caso del pueblo samnita, el mayor enemigo itálico de Roma, que tuvo que ser derrotado por las armas y solo se le concederá la ciudadanía después de algún tiempo.

Busto de Sila, que fue protagonista durante este enfrentamiento, y que años después marchó sobre la propia Roma y fue nombrado dictador.

 Aparte del golpe que supuso a Roma que los aliados le dieran la espalda, quedándose sola casi de la noche a la mañana, querría poner el acento en lo que las consecuencias de este conflicto trajo: Roma ya no será más una ciudad con algunas colonias repartidas y mucho territorio, ahora se configura como un conjunto de ciudadanos, repartidos por cientos de ciudades y pueblos. Este aumento repentino de la base social de la República supuso un duro revés para el propio sistema, cuyas instituciones – ya en entredicho – perderán gran parte de su autorictas. Se abre así al concepto de Imperio; el Senado puede mostrar su autorictas basándose en la tradición de una ciudad o, a lo sumo, un territorio definido, pero le costará mucho imponer su voluntad a una ciudadanía que tiene incluso otros Senados, algunos igual de antiguos, y que apenas representa ya a la mayoría de los ciudadanos de las clases ricas. Se siembra así las primeras raíces del Imperio, la necesidad de crear una figura de autoridad que aglutine a una ciudadanía con intereses dispares en muchas ocasiones. Alrededor de 50 años, después de varias guerras civiles, la República firmará su final, y surgirá esa figura que une a todos los ciudadanos, Augusto, el Princeps, el primero de los ciudadanos.

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