Revueltas que se van de las manos.

Justiniano I.

Actualmente vemos en las televisiones o leemos en los periódicos como, en ocasiones, las hinchadas de fútbol (a veces de otros deportes) tienen un comportamiento poco cívico, provocando daños en las calles o peleas con otras hinchadas. Pero no es nada moderno, y hoy vamos a narrar cómo esta práctica ya trajo de cabeza a los antiguos romanos. Nos vamos a situar en Constantinopla en el 532, bajo el gobierno de Justiniano. La situación era compleja, por un lado la política religiosa del emperador mantenía a la población tensa, y por otro la firma de la paz con el vecino imperio persa provocó la decisión de subir los impuestos para hacer frente al pago exigido. Justiniano, y su corte, concebían el gobierno del Imperio como un poder absoluto y sagrado, y eso solo es posible si todo el Imperio responde a una sola religión, la Cristiana (Esa misma idea resurgirá en la España de los Reyes Católicos y siguientes); el Imperio Romano de Oriente sería en tu totalidad cristiano o no sería. Esto provocó un clima de represión difícil de aguantar, a lo cual se le suma la política fiscal abusiva que aumentó el malestar entre la población, cuya concepción del emperador no era ya de por si positiva tras el matrimonio de este con Teodora, que había sido actriz, lo cual en la antigüedad – y hasta no hace muchos años – era casi comparable a dedicarse a la prostitución.

Plano de Constantinopla.

El capítulo que nos ocupa ocurrió de forma, en principio, espontánea. Las aficiones del hipódromo se dividían entre los que apoyaban al equipo rojo, los que apoyaban al azul – entre los que se encontraba el mismísimo Justiniano – , al equipo blanco y al equipo verde, y como las aficiones actuales, las rivalidades se desmadraban de lo estrictamente deportivo, alcanzando tintes políticos, religiosos e incluso de pretendientes al trono. La realidad es que, para tener a la ciudad tranquila, la colaboración de los jefes de las aficiones, principalmente de las aficiones Verdes y Azules, era fundamental. El 10 de enero 532, con la situación era complicada, los aficionados del equipo Verde y el equipo Azul estaban enzarzados en una pelea, junto al hipódromo. Seguramente, no sería más que una de las tristemente típicas peleas entre aficionados, pero la cosa se fue de las manos, y tras un intento de la guardia de la ciudad de poner coto a los disturbios, la pelea se convirtió en una auténtica revuelta contra Justiniano.

Santa Sofia en Estambul.

La revuelta duró días, y pese a que en el principio Justiniano intentó hacer como si no pasaba nada, incluso permitió la celebración de juegos en el hipódromo, la protesta subió de tono. Los rebeldes llegaron a sitiar el palacio imperial, al que prendieron fuego, al igual que a la catedral de Santa Sofia, que tras los disturbios tuvo que ser reconstruida. Al tenor de las protestas, e incluso la aparición de nuevos pretendientes al trono que eran apoyados por algunos sectores en lucha. La cosa estuvo tan al limite que el propio Justiniano barajó la opción de abandonar Constantinopla por miedo a ser capturado. Finalmente se maniobró para acabar de una vez por todas con las revueltas; se convocó en el Hipódromo a una reunión para tratar la paz, pero era una trampa; el ejército cerró las puertas cuando los rebeldes estaban dentro, y el ejército pasó a cuchillo a todo el que encontraba a su paso. Se calcula que unos 30.000 ciudadanos romanos murieron ese día, y los principales cabecillas (senadores, hombres de negocios…) fueron ejecutados o les obligaron a exiliarse.

Justiniano, una vez retomado el control, mantuvo su política interna y reconstruyó la catedral de Santa Sofía, que es la que actualmente podemos contemplar en Estambul (salvo por los añadidos en época otomana, que la convirtieron en mezquita). A este capítulo del Imperio Romano se le conoce como “la Revuelta de Niká” (o Disturbios de Niká), ya que los rebeldes abandonaron otras consignas para unirse bajo el grito de Niká, que significa Victoria. Ya vemos que ni los disturbios entre hinchadas deportivas, ni las rebeliones son cosas modernas, y que el poder imperial dependía de la paz social. No se andaba con minucias cuando de aplastar a la oposición se trataba, algo que será repetido, desgraciadamente, en muchos episodios de la Historia hasta nuestros días.

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