Roma contra las Bacanales

Todo comenzó con la llegada de un griego a Etruria que comenzó a difundir una serie de ideas que nada tenían que ver con lo que Grecia solía ofrecer en cuanto al cultivo de la mente y el cuerpo. Una serie de cultos que mezclaban lo religioso con el vino y los copiosos banquetes y que rápidamente se extendía por toda Italia, alcanzando la propia Roma. Y será en esta ciudad dónde empezará la cruzada contra este culto que depravada a jóvenes y no tan jóvenes de ambos sexos.

La historia comienza con un joven romano llamado Publio Ebucio, huérfano de padre, que vivía en su casa junto a su madre y el nuevo marido de ésta, un tal Tito Sempronio Rutilo, el cual a decir verdad no le tenía mucho aprecio. Tal era el desprecio del padrastro que se propuso acabar con él de la siguiente manera: lo obligaría a iniciarse en los cultos báquicos. Para ello convenció a la madre, que estaba completamente a su merced, para que le contase alguna trola que le convenciera de asistir al rito de iniciación. La madre, muy imaginativa, se dirigió a su hijo y le contó que cuando éste estaba enfermo ella había hecho la promesa a los dioses inmortales que, si le devolvían la salud, ella se encargaría que fuera iniciado en los cultos de Baco. El hijo, el pobre Ebucio, no tenía motivos para desconfiar de su madre, así que aceptó ser iniciado, para lo cual debía guardar castidad durante diez días y este último, tras cenar, darse un baño con agua pura y dirigirse al santuario.

Mosaico_de_baco

Representación de Baco

Parece que Ebucio de toda la canción solo se le quedó la parte de permanecer casto durante una decena de días pues, poco después de hablar con su madre, se dirigió a casa de Hispala Fenicia, una meretriz vecina que actuaba a la vez de su amante. Una vez allí, habrá que suponer que tras los cariños pertinentes, Ebucio bromeó con Fenicia que no lo esperase en los próximos días, pues iba a ser iniciado y debía guardar castidad. Y aquí estalló todo; la ahora liberta Hispala Fenicia pone el grito en el cielo ante la noticia, no por perder al cliente-amante durante una decena de días, sino porque, según reconoce, ella había sido iniciada en los ritos báquicos cuando era aún esclava. Ante la atónita mirada de Ebucio una apenada Fenicia reconoce que ese santuario es “el taller de todo tipo de depravaciones”. La avergonzada Fenicia relata toda serie de perversiones y vicios de las que ha sido a veces parte y a veces testigo. Ebucio, consternado por las afirmaciones de su amada, no se explica cómo su madre le ha pedido ser iniciado y entiende que todo es cosa de su padrastro.

Es normal que Ebucio, ante estas afirmaciones, se vaya a casa bastante mosqueado y que, una vez en ella, se enfrente a su madre y a su padrastro. Éstos rechazan las acusaciones de Fenicia, pero ante la insistencia de Ebucio quien se negaba a ser iniciado, le acusan de haber sido hechizado por la meretriz y lo echan de casa. Sin un sestercio y solo, Ebucio decide ir a casa de su tía paterna, una honorable mujer de nombre Ebucia. Lógicamente, al presentarse a deshora y sin más que lo puesto, el joven Ebucio debe dar cuentas de lo ocurrido a su tía. La pobre mujer, digna como la que más, se queda de piedra ante el relato y recomienda a su sobrino que acuda lo antes posible ante el cónsul y le exponga los hechos. Y así lo hizo el joven al día siguiente; acudió a casa del cónsul Postumio quien, tras escuchar la desdichada historia, lo despidió indicándole que volviera a los dos días.

Este par de días fue aprovechado por el cónsul para hacer sus propias indagaciones sobre el asunto. Por un lado mandó llamar a su suegra, Sulpicia, a quien le preguntó si conocía a la tía del joven, Ebucia, a lo que contestó que sí, y que era una mujer de muy alta dignidad y honradez. Acto seguido pidió que la llamase pues estaba interesado en escuchar la historia de labios de una mujer honrada. No tardó mucho Ebucia en presentarse en casa de Sulpicia donde también estaba Sempronio que aprovechó, tras una conversación trivial, en sacar el tema de su sobrino. La pobre Ebucia se echó a llorar al recordar la mala estrella de su sobrino, quien aparte de haber sido despojado de todo de manera injusta por su padrastro, fue expulsado de su casa por negarse a participar en unos ritos obscenos. Convencido pues el cónsul de la historia del joven Ebucio decide que el siguiente paso es llamar a Fenicia quien según parecía había sido testigo directo de las depravaciones que los ritos báquicos suponían.

Extrañada por ser llamada a casa de Sulpicia, una mujer de tan alta cuna, Fenicia no perdió tiempo en llegar y casi cae desmayada al ver la presencia en la misma casa del cónsul. Cuando Sempronio, en presencia de su suegra, inició el interrogatorio. La pobre Fenicia entró en pánico al recordar lo pasado y los sollozos casi no dejaban que pronunciase una palabra. Afortunadamente para el cónsul, que se dejaba llevar por la ira ante la falta de respuestas, Sulpicia abrazó a Fenicia consiguiendo tranquilizarla y le prometió protección ante las posibles represalias por parte de los miembros de las sectas báquicas. Más tranquila y lamentando su suerte, Fenicia inicia su relato mencionando que en inicio los ritos báquicos eran algo normal, solo se aceptaban mujeres y se hacían de día, a la vista de todos, pero que pronto una sacerdotisa de origen campano, de nombre Pacula Annia había introducido cambios radicales inspirada, según ella misma decía, por los dioses. Para empezar los hombres comenzaron a entrar y los ritos pasaron a ser nocturnos. Desde entonces los ritos eran ricos en promiscuidad y, bajo el manto de la noche, “no había delito ni inmoralidad que no se hubiese cometido”, siendo incluso más común las “perversiones entre los hombres que entre hombres y mujeres”. Además cuenta cómo los iniciados eran cada vez más jóvenes pues son más fáciles de pervertir y que aquellos que se niegan a participar en los ritos son inmolados como víctimas.

Senatus consultum de Bacchanalibus

El cónsul Sempronio debió ponerse blanco ante las noticias y supo que debía actuar. Lo primero que hizo es presentar el caso ante el Senado, sabedor que más de uno de sus oyentes habría participado en las actividades que denunciaba. El Senado promulgó un decreto (Senadoconsultum) y, tras un tiempo para que se presentaran tantas acusaciones como fuera posible, se inició un complejo proceso que acabó con algunos encarcelados y los más ejecutados, bien públicamente en caso de los hombres, bien en el seno de su familia en el caso de las mujeres. Se prohibió terminantemente las bacanales en Roma y en los territorios federados bajo pena de muerte, los santuarios dedicados a Baco que no fueran antiguos fueron destruidos.

Afortunadamente una copia del decreto contra las Bacanales fue encontrado en la localidad de Tiriolo, al sur de Italia, y podemos leer el Senadoconsultum que fue redactado en el 186 a.C. y coincide con el relato que Tito Livio nos hace llegar (y que hemos seguido en este artículo). No sabemos si la redacción del decreto tuvo el éxito deseado, hay noticias que nos informan que desde luego en el sur de Italia perduraron algún tiempo estas prácticas, pero seguramente se volvieron mucho más clandestinas para poder sobrevivir.

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