Roma, esa gran familia…

Por debajo de la estructura legal que configuraba la sociedad romana (la llamada “esfera pública”) subsistía un modelo basado en el acuerdo entre personas, verdadero cohesionador de la sociedad romana desde los primeros tiempos de la misma. Ya hemos hablado múltiples veces que, como muchas otras sociedades de la antigüedad, la primera organización de Roma se basó en las relaciones familiares, y más concretamente en el control que un Pater Familias ejercía sobre su familia extensa (gens), y las relaciones de esta figura con sus iguales. De este modo, Roma era en el principio una unión de clanes familiares que creó un espacio de convivencia superior, la propia Roma. Con el tiempo, Roma atrajo a extranjeros y personas de diferente extracción social que por diversa razón terminaron instalándose en la ciudad. Para integrar a estos nuevos vecinos en la sociedad romana, pactaba con un Pater Familias el cual ofrecía su protección a cambio de que el nuevo vecino le guardase lealtad y obediencia. Es decir, se extendía por contrato – y en la estricta esfera privada- una relación de familia con un miembro completamente ajeno a esta. Esta forma de relación y estructuración social es el Clientelismo. El liderazgo y la gestión de los asuntos de estos Pater Familias (que en la Roma primitiva eran exclusivamente patricios) determinaría el número de clientes que acoge, y el nivel económico de estos. Se fueron tejiendo redes clientelares complejas, de forma que, en ocasiones, una persona libre era cliente de un patrón, el cual a su vez era cliente de otra persona más poderosa, y de esta forma, la cadena podía llegar a ser larga. Así mismo, cuando un esclavo era manumitido, entraba a formar parte de los clientes de su antiguo patrón.

Con el tiempo, y las revueltas plebeyas, los patricios fueron perdiendo esa preeminencia social de la que habían gozado, siendo sustituidos por plebeyos ricos que supieron invertir su antigua situación de clientes para convertirse en patronos. El espíritu de este acuerdo, que vinculaba a ambas partes, es la voluntariedad del mismo; la fidelidad y obediencia del cliente hacia el patrón debía corresponderse con la protección del patrono e, incluso, la ayuda financiera de este. A fin de cuentas, era la extensión de una relación paternalista del poderoso con los menos favorecidos, o con extranjeros que se asentaban en la Roma. La expansión de Roma trajo consigo ingentes cantidades de nueva población a la que, de alguna forma, había que integrar en los mecanismos sociales de Roma; no valía con garantizar que estaban bajo la protección de las leyes romanas – que no brillaban por sus garantía de justicia – si no que había que buscar la protección de algún patrono. Se empiezan a incubar así unas redes clientelares que llegan a abarcar comunidades enteras (Claudio Marcelo
llegó a tener a toda la isla de Sicilia bajo su protección en el siglo III a.C.).

Como sabemos, los Romanos eran orgullosos, y les gustaba mostrar su poder ante los ojos de sus conciudadanos. Era común que un patrono se hiciera acompañar por sus clientes más destacados, mostrando por las calles de la ciudad de Roma a un séquito de hombres, o que estos le esperasen en la puerta de su casa para ser recibidos, presentarles sus respetos y mantenerlos informados de cualquier asunto que el patrón desease. Imaginarse la escena; caminas por una calle de Roma, doblas una esquina y te encuentras a muchos hombres,

Retrato de Pompeyo Magno. Uno de los grandes patronos en los últimos años de la República.

vestidos de forma elegante, a la puerta de una domus, que tiene las puertas abiertas. De repente aparece el patrón, que supera en elegancia a todos esos que se agolpan en la calle, que reparte saludos y recibe el respeto de tantas personas, y que rapidamente se pone en marcha hacia el foro, seguido por todos esos hombres, que se pelean por colocarse lo más cerca posible, y, llegado el caso, poder exponerle su caso, y esperar que su patrón le ayude con algunas monedas, o con su problema jurídico, o que le dé su bendición para un negocio que pretende iniciar (y del que, en ocasiones, hará de socio capitalista el propio patrón). Sin duda sería una escena curiosa, que marcaría ante los ojos de sus vecinos que ese hombre que vive en la domus es una persona importante y poderosa.

Las redes clientelares podían ser tan extensas como para poder reclutar a un ejército entero sin problemas (como pasó en numerosas ocasiones cuando se buscaban ejércitos para luchar en el “infierno” hispano). Con el tiempo, y la tranformación de Roma, los generales terminarían convirtiendose en los patronos de sus propios ejércitos, tratando a sus soldados de forma paternalistas y erigiendose en garantía de su protección. A cambio, los soldados (clientes) defenderían los intereses de su general (patrón) llegado el caso y por el uso de las armas si era necesario. El propio Pompeyo utilizó a sus antiguos ejércitos, convertidos en sus clientes, para enfrentarse a César.

Augusto, carecterizado como Pontificex Maximus, se erigió como patrón de toda Roma.

Además de los ejércitos, en ocasiones, muchos patronos tomaban bajo su protección un Collegium, una asociación. Estos Collegia podían tener diferentes objetivos (religiosos, funerarios, profesionales…) y a través de ellos, realizar actividades ilícitas. Muchas veces se utilizó los Collegia como asociaciones de matones que realizaban cualquier tipo de fechorías en beneficio de su patrón – benefactor –, principalmente la influencia en los votos – o la compra directa de votos- en las asambleas populares. Este uso indebido de los Collegia las condenaron, y Augusto decretó por ley la eliminación de todos los Collegium excepto los de más antigua tradición, y solo podían crearse nuevos Collegia con el permiso del Senado (Senatus Consultum). Si podeis ver la serie de HBO Roma, los protagonistas rigen el Collegium del Aventino, y siguen los mandatos del propio Octavio.

Este tipo de relación llegó a su climax con Augusto, que se
definió como patrón de todo el Imperio, creando de este modo un vínculo moral de lealtad de toda la población con el Princeps, el cual se comprometía a velar por los intereses y el bienestar del Imperio. Se empieza de esta forma a gestar la identificación del emperador con Roma; una razonamiento político complejo que llevó su tiempo asentar, y que sobrepasó las fronteras temporales del Imperio romano. En la edad moderna un monarca se entendía como la personificación del Estado, y una especie de padre para todo su pueblo. Las relaciones clientelares fueron la tónica predominante durante toda Roma, incluso en los últimos años, ante el peligro inminente en occidente, se potenció derivando en un embrión del sistema feudal que se desarrolló en la Europa medieval siglos más tarde. Roma era una gran familia…

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