¡Roma Invicta!

El botín de Jerusalén representado en el Arco de Tito. Los restos saqueados del templo de Salomón fueron mostrados en el desfile de la victoria por las calles de Roma.

Roma entera se pone sus mejores galas, coronas de flores decoran con gracia la Via Sacra de la capital, y el pueblo se agolpa a los lados de las calles deseosos de ver con sus propios ojos el desfile triunfador de un general victorioso. Senadores abren el desfile, vestidos con sus togas inmaculadas, encabezados por los magistrados sin sus lictores. Saludan al pueblo entusiasmado, que celebra la grandeza de una Roma que se impone a sus enemigos, agranda sus fronteras y obtiene un botín con el que, por la tarde, se pagarán comida y espectáculos. Suenan las trompetas detrás de los senadores, anunciando el desfile con sones militares, y tras ellas, aparecen carretas repletas de los tesoros saqueados a los enemigos de Roma. En ocasiones, algunos soldados van montados en los carros repartiendo parte de las riquezas, como muestra del amor del general hacia el pueblo de Roma. Maravillados aún con el botín obtenido, aparecen dos hermosos toros blancos, dos magníficos ejemplares, engalanados y preparados para el sacrificio. El pueblo está entusiasmado ante el espectáculo que habla de una guerra gloriosa, en un territorio emblemático – que solo conoce de oídas – contra un enemigo feroz y digno adversario al que el el ejército romano ha derrotado. Y ahí están los emblemas, los estandartes del enemigo caído para su mayor deshonra. Aparecen dioses extranjeros desconocidos, dibujos de animales mitológicos y un sin fin de objetos que jamás se han visto, y que muestran la victoria romana y la deshonra del ejército enemigo (la pérdida del águila e insignias por los ejércitos romanos era la mayor de las vergüenzas).

Recreación del general victorioso sacada de la muy recomendable serie Roma de HBO.

Y ahí aparece, cautivo junto a sus lugartenientes y allegados, el líder enemigo desarmado y derrotado. Hay que abuchearlo e insultarlo, ha tenido la poca inteligencia de levantar las armas contra la gran Roma, es una persona odiosa que va camino, como los toros blancos, de su muerte, para ser ejemplo de lo que le ocurrirá a cualquier otro insensato al que se le ocurra enfrentarse con nosotros. Aunque los generales intentan que parezca grandioso, la derrota y el cautiverio lo dejan hecho un despojo humano, pero aún así va vestido con sus mejores galas, y su imagen intimida. Por fin aparecen los lictores del general, marchan en orden, anunciando con su paso la llegada del prohombre, con las fasces adornadas con el laurel de la victoria. Y detrás, en un carro tirado por cuatro magníficos caballos, el general victorioso, el Imperator aclamado por sus propias tropas en el campo de batalla, vestido con una túnica púrpura, y la cara pintada de roja, a semejanza de la imagen más antigua de Júpiter. Es solo un hombre, mortal como los que lo aclaman desde los lados de la calle, pero se asemeja a un dios, o incluso parece un rey, como los que había antes en Roma, pero lo será solo por un día, mañana ya no vestirá con esa rica túnica, ni podrá llevar la cara pintada a semejanza del rey de los dioses. Sobre su cabeza, una corona de laurel dorada sujetada por un esclavo que viaja tras él, en un segundo plano, mientras le susurra al oído que es solo un hombre. La visión del conjunto es maravillosa, es la visión del mismísimo Júpiter, desfilando por Roma, o del propio Rómulo, triunfador una vez más, pues según dicen, fue él el primero en celebrar un triunfo. Le siguen, a pie, sus legados en la guerra, aquellas personas que han servido a sus órdenes, junto a los hijos varones y adultos del general. Todos forman una comitiva de hombres cercanos al Imperator, que abren el desfile de un destacamento del ejército, desarmado como manda la tradición pues dentro del Pomerium no se puede portar armas. Antiguamente desfilaba todo el ejército, como muestra que la guerra había terminado y los hombres volvían a casa, pero ahora, los hombres han de servir años, y se mantienen movilizados cuidando de las lejanas fronteras. Para este destacamento es un honor increíble acompañar a su general en este día tan importante, y ha sido escogido para ello por haber sobresalido en la batalla, por su arrojo a la hora de combatir y por cumplir con sus obligaciones con Roma – o para con su general, ahora mismo nadie lo sabe muy bien.

Moderno desfile de la victoria, otros objetivos, mismo furor.

Ya ha terminado el desfile, la gente se reúne en corrillos comentando los tesoros, la imagen del enemigo capturado, el porte del Imperator, o riendo de las canciones “picantes” que el ejército entona en su marcha. La procesión se dirige a la colina Capitolina, al templo de Júpiter Optimus Maximus, donde se ofrecerán los sacrificios en honor al dios, luego se ejecutarán a los enemigos capturados, y por último, empezaran la celebración con comida y espectáculos cuyos gastos correrán a cargo del general, como muestra de su amor por el pueblo romano. No entiendo a muchos senadores que critican esta actitud de generosidad de nuestro héroe el cual, preocupado por el pueblo, reparte su botín con nosotros. Yo lo prefiero a esos senadores togados que tanto hablan de la República, pero que no son generosos con nosotros, los dioses infernales los lleven a todos, nuestro Imperator es bueno para Roma, dicen que se
enfrentó al Senado porque se negaron a concederle este triunfo ¡Por Júpiter! Si es un general victorioso, aclamado Imperator por sus propias tropas. Le obligaron a venir hasta Roma con gran parte de su ejército, porque no le dieron lo que se merecía. ¡Malditos sean esos viejos senadores! Y bien que corrieron para salvar sus pellejos cuando nosotros salimos a las calles a por ellos, huían a sus villas, lejos de Roma. Unos dicen que están reuniendo ejércitos para tomar Roma ¡por Hércules! Hablan de restaurar la República si han sido ellos quienes no han dejado a nuestro general otra opción para hacer justicia. Que vengan, acabaremos con ellos, los dioses han elegido a nuestro general para salvar Roma de su corrupción.

Este es un relato inventado, que no responde a una situación concreta, donde he intentado ilustrar cómo vivía una persona anónima los desfiles militares. El impacto que sobre él tenía los acontecimientos políticos, y su apoyo al general victorioso, al que veía elegido por los dioses, contra sus detractores, llegando incluso a alimentar conflictos civiles. Así mismo, vemos como la lealtad del ejército se enfoca a su general, olvidando su servicio a Roma, y que les lleva incluso a marchar contra la capital para reivindicar lo que, en ocasiones, el propio general les ha prometido sin el permiso del Senado. Son las últimas consecuencias de las Reformas de Mario, y la precipitación del fin de la República romana.

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