Roma necesita mano dura

Busto de Diocleciano en el museo arqueológico de Estambul

Busto de Diocleciano

Tras casi tres siglos desde que Augusto iniciara un nuevo tiempo en Roma al que los entendidos llamaron Principado, la cosa andaba bastante convulsa. El asesinato de Alejandro Severo supuso que el trono imperial fuese un breve asiento para decenas de pretendientes que, con más o menos éxito, fueron posando sus ilustres posaderas en él. El Imperio estaba cercano a la ruina al ser incapaz de mantener a un emperador que garantizase cierta estabilidad sobre la que sentar las bases de una recuperación en todos los aspectos del término. Afortunadamente dicha estabilidad llegó, y lo hizo de la mano de uno de estos pretendientes que, curiosamente, conseguiría el poder siguiendo el camino que los fracasados anteriores ya habían probado; a la fuerza. Será que fue más la persona en concreto y no el camino lo que conducía al fracaso o al éxito.

Será un tal Diocles, uno de tantos generales curtido en los barros de los campamentos militares y en las luchas entre romanos (aliñada, quizás, con alguna pelea contra un enemigo exterior) quien alcanzase el poder y supiera estabilizar la situación. Y desde el primer momento marcará que a él no le importa mancharse las manos; arropado por las tropas que le acababan de proclamar emperador ejecutó con sus propias manos a Apro, prefecto del pretorio, bajo la acusación de haber asesinado a Numeriano, el emperador anterior. Él era un soldado, no era un político ni parece haberse educado en los círculos de los poderosos. Un carácter que marcará su forma de gobernar; un gobernante duro pero justo que supo leer cuales eran los problemas que aquejaban a Roma y puso en prácticas medidas transversales que ayudarían a que el Imperio durase dos siglos más, siempre con el espíritu castrense de la practicidad. Y es precisamente su receta la que da título a este breve comentario sobre Diocles; Roma necesitaba mano dura.

Edicto de Diocleciano sobre los precios máximos

Tras ejecutar a Apro decidió cambiar su nombre pasando de ser conocido como Diocles para hacerse famoso con el nombre mucho más latino de Diocleciano. A partir de este cambio nominal comenzó con la ardua tarea de reformar tan profundamente el Imperio que no lo iba a reconocer ni el padre que lo fundó (es decir, César Augusto). Para comenzar se centró en los problemas económicos; entendió que mejorar la recaudación de impuestos y la producción interna del Imperio poniendo freno a una inflación galopante pasaba por medidas radicales como obligar a los hijos a ejercer el oficio de los padres (lo que terminó atando a los campesinos a la tierra) y establecer un listado de precios máximos de ciertos productos, sin olvidar una subida general de impuestos con los que sustentar la creciente maquinaria burocrática que fue en aumento. Medidas que en cierto sentido mostraban lo desesperado de la situación con un Imperio y ese espíritu práctico del flamante emperador.

Por otro lado multiplicó el número de provincias (las cuales ya abandonaron esa clasificación de senatoriales e imperiales; ahora todas dependían del emperador) con vistas a mejorar la recaudación de impuestos. Una multiplicidad de provincias que luego agrupó en diócesis que conectaban a los diferentes gobernadores provinciales con las autoridades imperiales. Y será en este último apartado, en las autoridades imperiales, donde hará la reforma más destacada y por la que es más conocido; eligió a un colega como co-emperador bajo el título de Augusto para que se encargarse de la parte occidental del Imperio (mientras él mismo se ocupaba de oriente). Además estableció un ayudante a cada uno de los Augustos que le ayudarían con la gestión de cada uno de las partes del Imperio. Un ayudante que llevaría el título de César y, en la práctica, tendrían una zona concreta de gestión aunque siempre supeditado al Augusto. De este modo el Imperio se dividió administrativamente en cuatro zonas en los que gobernaban cuatro personas; Diocleciano ha creado la Tetrarquía. La idea era, además, que los augustos se retirasen cediendo su lugar a los césares que ascenderían y nombrarían nuevos césares que los sustituirían con el tiempo, creando así un sistema de sucesión imperial que prometía la estabilidad tan ansiada por Roma.

División administrativa del Imperio durante la Tetrarquía

División administrativa del Imperio

Un sistema que se basaba en la lealtad y respeto mutuo entre todos los miembros y en los que, en definitiva, todos sabían que estaban bajo el manto protector de Diocleciano que era quien tenía la última palabra. Sin embargo la fórmula de la tetrarquía no duró mucho y las guerras internas volverán hasta que, treinta años después, Constantino volviera a unificar todo el poder del Imperio en un solo emperador dando por finalizado el experimento tetrárquico de Diocleciano. Pese al periodo de estabilidad que supuso el gobierno de Diocleciano, ya sea en solitario como en compañía, lo cierto es que es un emperador con mala prensa; por un lado aplicó la mano dura a los disidentes cristianos encabezando algunas de las más cruentas persecuciones, por otro lado decretó que todos tuvieran que postrarse ante él, adoptando así una forma de relación entre gobernante y gobernados propia de las monarquías orientales que no gustó mucho entre los círculos poderosos. Pero quizás lo que menos gustó fue el desplazamiento de los grupos senatoriales de los puestos de poder en favor de los equites quienes se mostraban más leales y mucho mejor preparados para las tareas burocráticas que el nuevo Imperio necesitaba. De esta forma tanto las fuentes cristianas como paganas (en manos de los senadores) no tuvieron piedad con Diocleciano pese a reconocer que fue un periodo de, al menos, calma interna.

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