Salvado por la Bandera

Que la Historia en general, y la romana en particular, está llena de episodios que rozan el absurdo es algo que salta a la vista. Hoy comentaremos uno de esos curiosos capítulos para mostrar una de las máximas más extendida en el mundo legislativo; hecha la ley, hecha la trampa. Es lo que ocurrió allá por el 63 a.C. en una república romana que ya estaba dando sus últimos suspiros. Nuestro protagonista, muy a su pesar, es Cayo Rabirio, veterano senador que, a instancias del sector popular, fue acusado formalmente del asesinato de Lucio Apuleyo Saturnino, el tribuno de la plebe. Una justicia lenta esta justicia romana, pues entre el delito y la acusación pasaron 37 años. La cuestión era que, el asesinato de una figura sacrosanta como un tribuno de la plebe era algo muy grave, por lo que la acusación se elevó a Perduellio (Alta Traición).

Pero la defensa alegó que durante la acción estaba en vigor un Senatus Consultum Ultimum (una especie de Estado de Emergencia), y que por tanto las acciones de Rabirio no eran condenables. Tristemente para nuestro protagonista la cuestión no era tanto hacer justicia como que el tema volviese a ser público y dañar así la imagen del bando rival, por lo que Tito Labieno, el tribuno encargado de la acusación, desempolvó el libro de leyes romanas pasadas de moda y rescató el duoviri perduellionis, una forma de enjuiciar que no se utilizaba desde los albores de la República. Este procedimiento, más religioso que puramente jurídico, daba por probado que el acusado era culpable desde el principio y se limitaba a limpiar la impiedad de la acción. Para ello se reunía a la asamblea y se procedía a presentar el caso ante el pueblo reunido.

Colinas_Roma

Las asambleas se reunían en el Campo de Marte.

Y es aquí donde viene lo esperpéntico del episodio; Labieno no fue el único que desempolvó los libros antiguos, el augur Quinto Cecilio Metelo Celer también hizo sus deberes como partidario del bando Optimate y descubrió como librar al pobre Rabirio de una condena segura. La cuestión clave era disolver la Asamblea antes de que ésta determinase la condena pero… ¿cómo? Pues sencillo, en el cerro del Janículo ondeaba una bandera que indicaba que Roma estaba segura, si era arriada era un aviso por el cual, la ciudad estaba en peligro y todo el pueblo debía correr a defenderla, disolviéndose en el acto la asamblea. De este modo, en el momento preciso, Celer ordenó arriar la bandera del Janículo, quedando la asamblea oficialmente disuelta y sus decisiones invalidadas. El anciano Rabirio respiró aliviado… aunque más tarde fue obligado a exiliarse.

Así es como se libró – al menos en principio – Rabirio de una condena segura; hay que tener en cuenta que el daño a su reputación y a la del bando Optimate ya estaba hecho, la condena era secundaria, por lo que el bando Popular no tenía necesidad de retomar el ataque.

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