Tiberio, las élites y la prostitución

El emperador Tiberio

Resultan muy llamativos los intentos que los emperadores hicieron para meter en vereda el comportamiento de las élites que, con mucho dinero y más tiempo libre, pasaban los días realizando actividades que no siempre eran del gusto del emperador. Algo así debió pensar Augusto – siguiendo ya la estela de Julio César y otros tantos – cuando llevó a cabo toda esa legislación que venía a recuperar la moderación que los romanos entendían genuinamente suya. Sin embargo no terminaba de controlar el comportamiento de algunos miembros de la élite que preferían seguir con actividades que no entraban en lo moralmente aceptable para el emperador. Y de esto nos habla Tácito cuando, durante el reinado de Tiberio, se tuvo que legislar contra la prostitución de las mujeres de la élite; concretamente se prohibió ejercer la prostitución a aquellas mujeres que tuviesen entre sus antepasados directos miembros del Senado o del ordo ecuestre.

Esto puede resultar muy llamativo; mujeres de familias adineradas que, voluntariamente, optan por sacarse unos sestercios extras ejerciendo una profesión que, pese a estar permitida, se entendía que era propia de gentes infames. Sin embargo hay que enmarcarlo dentro de un contexto claro: las duras leyes contra el adulterio que Augusto aprobó y que no dejaban en buen lugar a quien – sobre todo mujeres – decidiera echar una canita al aire. De este modo, algunas mujeres entendieron que si querían tener amantes sin caer en un delito podían declararse prostitutas y convertir sus amantes en clientes. Claro que dicha declaración manchaba con la infamia a la mujer – y por extensión a su familia – pero tampoco debemos pensar que ser una “infame” podría afectar mucho a la vida de mujeres que ya de por si tenían poco papel público y por otro lado, muchas familias eran tan poderosas que ni casos así podrían afectarles un ápice su peso político. Es más, en muchos casos los amoríos podían jugar un papel muy importante en las disputas políticas y el coste sería asumible.

El propio Tácito nos específica un caso particular; Vestilia, perteneciente a una familia de pretores, decidió que declararía públicamente su prostitución ante los ediles. La declaración de esta “vergüenza” le permitía ejercer la profesión sin miedo pues se entendía que ya era demasiado castigo la difusión pública de la infamia. La entrada en vigor de la ley de Tiberio contra esta práctica supuso el fin de este subterfugio y a Vestilia el exilio a la isla de Séfiro, en el mar Egeo, como castigo. Su marido, que admitió saber la ocupación de Vestilia, salió airoso pese a no cumplir la ley gracias a un tecnicismo legal.

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