¡Todos a Pagar!

La financiación del estado ha sido uno de los mayores quebraderos de cabeza para los gobernantes desde el momento en el que se creó el primero. Cierto es que la política fiscal ha ido evolucionando a medida que la concepción del estado maduraba y se hacía cada vez más complejo; actualmente la parte de los impuestos van a parar a financiar la administración y a una partida a la que podemos denominar “Gasto Social”, a la vez que se pagan otras partidas. En la antigüedad, y en Roma más concretamente, este “Gasto Social” era prácticamente inexistente; la Sanidad no era pública, la Educación no era una partida estable (y generalmente era financiada por ricos ciudadanos), y el gasto en pagar los alimentos a los más desfavorecidos, organizar juegos y construir obras públicas eran partidas mucho más pequeñas que las militares. La maquinaria militar, garante de la paz interna y de las victorias en las campañas, era costosa, pero piedra angular del estado romano.

As de bronce. Cara: Jano Bifronte, Cruz: Espolón de un barco.

El primer impuesto del que tenemos noticia es la Moenia; que era una prestación que los ciudadanos debían cumplir en las tierras de la realeza, así como en edificios y en las obras públicas. Hay que pensar que, ante la ausencia de moneda, el rey exigía que sus vasallos cumplieran lo que puede denominarse trabajos comunitarios en beneficio del monarca. También es muy antiguo el impuesto llamado Sacramentum, que era pagado por aquella parte que perdía un juicio. Gracias al Sacramentum se subvencionaba los sacrificios religiosos públicos. Poco a poco, a medida que se desarrollaban las actividades económicas, aparecía la moneda y se desarrollaba el concepto de Roma, aparecieron nuevos impuestos; el aerii que grababa a los extranjeros que viviesen en la ciudad, la Scriptura que grababa el pastoreo en el Ager Publicus, o la Vectigalia que se apoyaba en el alquiler para la agricultura de las tierras públicas. Como vemos el desarrollo de la política fiscal se acentúa; se ha complejizado el concepto comunitario (y por tanto, el de ciudadano y extranjero), y se aplica en razón de las actividades económicas. Cuando las fronteras de Roma se agrandan, se extienden las exenciones fiscales; los ciudadanos romanos están libres de todo impuesto, la presión fiscal recae (de forma desigual) en los pueblos conquistados. Roma reclama sus impuestos a las provincias a través de los Publicanii (de los que ya hablamos en este
artículo
). Eran los provincianos quienes aguantaban los impuestos que hoy en día son más comunes, Tributum Soldi, que grababa sobre los bienes raíces, y el Tributum Capitis, que grababa sobre el capital y los bienes inmuebles, y debían pagarlos hombres y mujeres mayores de 12 años. A la par las ciudades tienen que autofinanciarse y pagar la parte exigida por Roma; aparecen impuesto, o más correctamente tasas, sobre el uso de ciertas infraestructuras locales (como puertas o puentes).

Durante toda la Historia de Roma los impuestos fueron continuamente reformados, tanto en su concepto como en el territorio aplicado. Fue Diocleciano el que “modernizó” el sistema fiscal, y – salvando las distancias – estableció un sistema mucho más semejante al actual; estableció que el principal impuesto era el Iugatio-Capitatio, el primero grababa sobre la posesión de tierra y la Capitatio sobre las personas y los animales. Así mismo articuló un sistema de recaudación más estricto (por ejemplo, si el magistrado responsable de recolectar los impuestos de un territorio no llegaba al mínimo calculado, debía abonar la diferencia de su bolsillo), planificó la realización periódica de censos y catastros para conocer cómo estaba dividido el territorio. Además acabó con la exención de Italia – aunque mantuvo la de Roma y su diócesis-. Estableció un sistema mucho más eficaz, solidario en un sentido extenso, y que sorprendió a una ciudadanía romana acostumbrada a un caos fiscal, fraudulento y que nunca recaudaba lo esperado.

Busto de Diocleciano.

Pero a pesar del aumento de la presión fiscal, la verdadera fuente de riqueza de Roma será la conquista. Con cada campaña victoriosa, el erario público engordaba sus cuentas, que eran una auténtica montaña rusa; durante la República era vaciada y llenada constantemente, dependiendo de unos senadores que cada vez con más descaro buscaban el reconocimiento de sus conciudadanos. Durante el Imperio a un emperador ahorrador le seguía un derrochador, lapidando el tesoro público en cualquier actividad, lo cual motivaba la necesidad de emprender nuevas campañas, que llenaban el tesoro y vuelta a empezar. Es muy posible que, a finales del Imperio, cuando Roma cambió su papel bélico de atacante a defensor, el flujo de riquezas producto de los botines de guerra, fuese determinante para el fin del Imperio de Occidente (junto a otros muchos factores). Esta bajada de los ingresos en las arcas públicas supuso la necesidad de buscar otras fuentes de financiación (como ocurrió en otros episodios de Roma cuando el influjo militar no producía el botín esperado o suficiente), lo cual solía ser subir impuestos, recortar en las ayudas a las clases bajas y, en situaciones extremas, establecer impuestos a las clases altas – durante mucho tiempo exentas-. Estas medidas solían terminar en revueltas populares (mezclada con unas clases ricas cada vez menos interesadas en costear un estado que le “ahogaba” a impuestos) y en muchas ocasiones con el fin de emperadores, y en última estancia, (mezclado con la incapacidad de adaptación a la nueva realidad del rol de Roma en Europa) marcó el fin del Imperio Romano de Occidente.

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