¡Un brindis por Roma!

Mosaico que muestra a tres esclavos en el proceso de pisar la uva

Que el vino ha regado generaciones y generaciones, soltando lenguas, quitando pesadumbres, arrancando sonrisas, y provocando mañanas de arrepentimiento y el archiconocido “Ya no bebo más”  es algo que sabemos. Y Roma no sería una excepción, y aunque la introducción del vino en la ciudad sería relativamente tardía, hacia el 200 a.C. no tardó en ponerse al día en el mundo del vino. ¡Cuántas conspiraciones han sido regadas por esta bebida en toda la Historia! Pero no nos creamos que el vino de la época era igual que el actual, y no lo digo solo por los niveles de salubridad que debían presentar, los romanos les gustaba añadir ingredientes para darle una variedad de sabores enorme, o sustancias como polvo de mármol o sangre de cerdo para cambiar su apariencia.

Empecemos por el principio; la elaboración del vino empezaba como se sigue haciendo, extrayendo el zumo de la uva, lo cual se realizaba como hasta hace relativamente poco, pisando la uva (en Roma eran unos esclavos a los cuales se les prohibía comer y beber durante el proceso). El primer mosto se reservaba y se servía mezclado con miel y se bebía al comienzo de los banquetes, para abrir apetito. El resto se dejaba reposar en grandes tinajas enterradas hasta el cuello en el suelo llamadas Dolia. Al contrario de lo que solemos pensar, los romanos eran más aficionados a los vinos blancos que tintos, llegando a añadir a los vinos tintos sustancias que lo aclarasen, como la cola de pez. Además la densidad de estos caldos era tal que, salvo en los ritos religiosos, se rebajaba con agua en el momento de servirlo. Todo esto hace pensar (o al menos a mi se me pasa por la cabeza) que el vino romano era un brebaje alcohólico poco bebible, y que en el momento de tomarlo no se era totalmente consciente de lo que entraba en tu cuerpo. Como una hamburguesa de algunas cadenas de comida rápida actualmente.

Dolias encontradas en Ostia, ciudad portuaria de Roma.

La afición romana al vino dependía de la clase social, los acomodados gozaban de un vino de mayor calidad, y podían incluso consumirlo diariamente. Lo bebían en copas de vidrio, como símbolo de su riqueza y prominencia, y se dicen que tomaron el hábito dehacer chocar las copas para, de ese modo, en le ingesta del vino tomasen partido todos los sentidos (el vino se ve, se huele, se saborea, se toca y con esto, se oye). Por su lado las clases menos pudientes bebían un vino de ínfima calidad que no podía almacenarse durante mucho tiempo ya que se pasaba (Deuterio). Los soldados romanos en campaña eran aficionados a una bebida resultado de mezclar vinagre y agua a la que llamaban Posca.

Con el vino llegó Baco, y con él las llamadas Bacanales, las cuales llegaron a ser peligrosas, porque terminaban siendo inicios de conspiraciones y causas de escándalo, por lo que el Senado las prohibió salvo por motivos religiosos y siempre con permiso. Una imagen que en poco concuerda con lo que se nos vende en películas, que nos muestran a unos romanos que conquistaban por las mañanas, legislaban por las tardes y se desmelenaban cada noche, pero ya sabemos como es el mundo del cine.

Representación de Baco.

El vino desbancó a otras bebidas alcohólicas a su paso, como la
cerveza o el hidromiel, y se extendió incluso más allá de las fronteras del Imperio. Se han encontrado ánforas con vino hispano en la actual Escocia, algo que habla del fructífero comercio existente. El comercio del vino era tan beneficioso que adoptaron el transporte de la bebida en barriles como se hacía en el norte de Europa, más resistentes, manejables y fáciles de transportar, pero no abandonaron el uso de las ánforas, ya que en estas los vinos aguantaban más tiempo. Pero los romanos no pararon de innovar en las recetas del vino, lo calentaban, le añadían especias, lo dejaban reposar años… y con el tiempo crearon nuevas bebidas alcohólicas, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días, pero eso merece un capítulo aparte. ¡Salud!

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