Un pin para el legionario

Cuando tu mandas a gente que ni siquiera conoces a luchar por algo que, pensado con detenimiento, te interesa más a ti que a los que derramarán su sangre, debes apañártelas para tenerlos motivados. Una buena motivación parte, claro está, de un buen mando que se preocupe por mantener a raya las bajas y bien atendida la tropa. Sin embargo, siempre debe haber un puntito más para que los legionarios se lancen al combate como algo que el cuerpo le pide, que den siempre un poco más de lo que se espera de ellos. Un ejército como el romano era consciente de estas necesidades, por lo que no dudó un momento en articular una serie de mecanismos de motivación que llevarán a sus legionarios a convertirse en esa máquina de picar carne que tanta admiración a supuesto a lo largo de tantos siglos.

dona_supra_stelas07

Relieve donde se observan las tres condecoraciones más comunes: Torques (arriba, son 4), las Armillae (a izquierda y derecha son 4) y las Phalarae (en el centro, son 6 unidas por cintas de cuero)

Sin embargo es complicado hacer una sola clasificación de los premios que se otorgaban a las diferentes logros militares que un legionario podía conseguir. Del mismo modo es complicado según la época en la que nos movamos. No obstante, como somos así, hablaremos del todo sin particularizar para tener una imagen general del mundo de las condecoraciones militares romanas. Lo primero que debemos destacar es que muchas de las acciones premiadas se debían dar en condiciones concretas, como ya veremos.

Las coronas son, posiblemente, una de las condecoraciones más conocidas del mundo romanos. Se otorgaban por varias causas; la corona muralis se otorgaba al primer legionario que asaltase con éxito la muralla de una ciudad enemiga, la corona cívica se otorgaba al legionario que hubiese salvado a otro ciudadano que estaba en grave peligro durante la batalla (un joven Julio César obtuvo esta corona en Mitilene). Los que fuesen honrados con estas condecoraciones estaban en su derecho de lucirlas en público y, una vez licenciados, colgarla en la puerta de su casa como muestra que, en ese lugar, mora un héroe.

Por otro lado estaban una serie de condecoraciones menos conocidas que, en realidad, eran bastante comunes. Estaban supeditadas al propio general que las otorgaba a los legionarios que habían demostrado un comportamiento excepcional en el campo de batalla. Son las torques (una especie de collares dorados), las phalerae (discos de distintos metales nobles) o los armillae (brazaletes). Los legionarios lo llevaban orgullosos cuando desfilaban pues demostraban su arrojo en combate. De este modo es normal que los centuriones, prácticamente el puesto más alto que un soldado raso podía soñar (y decimos soñar porque rara vez lo podría ocupar), solía adornar su característico uniforme con varias condecoraciones que mostrasen a la tropa que no estaba ahí por casualidad.

IMGP8768

Representación de un centurión con sus phalerae y, si uno se fija bien, las toques asoman por debajo de la capa (sagum)

A esto habría que añadir otros premios que el general al mando estimaba en ese momento oportuno otorgar a quien había mostrado un comportamiento digno de ser imitado. A las condecoraciones podían acompañarles importantes sumas de dinero, ascensos o cualquier otra cosa que honrase al legionario por su acción en el campo de batalla. No se puede poner precio a la lealtad de los legionarios que destacaban pues, no cuidarlos, podía tener muy malas consecuencias. Tantos se los cuidaba que, cuando llegaba el momento de ser licenciados, a los más destacados se les ofrecía la posibilidad de reengancharse como evocati, pues su ejemplo y presencia eran vitales para que los reclutas más bisoños rindieran mejor.

No obstante, cuando eran licenciados con cierto honor, los veteranos recibirían una serie de privilegios y “regalos” por sus servicios. Es muy conocido la entrega de lotes de tierras, una costumbre que no duró mucho tiempo pues los emperadores se dieron cuenta que, por mucha tierra que le des, un veterano no se convertía en campesino y que, pese a las cláusulas de “permanencia” los veteranos, en gran parte, terminaba mal vendiendo sus tierras y volviendo a su lugar de origen. No, lo más común fue dar una compensación en dinero a los veteranos que se licenciaban.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *