¡Ya no te queremos, Mancino!

Muchos generales romanos fracasaron en sus campañas; algunos por incompetencia y otros por las condiciones con las que encontraron. Es cierto, sin duda, que dirigir un ejército no debe ser tarea sencilla y hay que tener unas destrezas que no todo el mundo tiene. Hoy, al contrario de nuestra costumbre, vamos a hablar de uno de estos generales derrotados; Cayo Hostilio Mancino. De familia prominente dentro de la República, siguió un muy correcto Cursum Honorum que lo elevó a Cónsul en el 137 a.C. Al año siguiente se le encomendó la provincia de Hispania Citerior donde una ciudad mantenía una activa resistencia a la ocupación romana: la famosa Numancia. Una ciudad que mezclando perseverancia con la ineptitud de los sitiadores, llevaba ya demasiado tiempo desafiando la hegemonía romana en la región. Mancino se puso pronto manos a la obra, y mantuvo el asedio tal y como sus predecesores habían hecho.

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Maqueta del asedio a Numancia.

Pero no era buen comandante y descuidó mucho el asedio, así que aprovechando la oscuridad el ejército numantino salió de la ciudad una noche y rodeó hábilmente el campamento romano. Ante la nueva situación, Mancino se vio obligado a firmar un acuerdo de paz cuyos términos eran claramente desfavorables para los intereses romanos. Afortunadamente para él, su cuestor Tiberio Graco estaba por ahí para maquillar un poco el acuerdo, pero no dejaba de ser un insulto para la grandiosa República: un pueblo perdido por la remota Hispania, que estaba asediada desde hacia años, no solo no había claudicado, sino que había conseguido dictar las condiciones de un acuerdo de paz al ejército sitiador. A su vuelta a Roma para que el Senado ratificase el acuerdo, los ánimos estaban muy encendidos: no molestaba la derrota, al fin y al cabo, Roma sufrió muchos reveses militares, pero lo que nunca – o casi nunca – aceptaba era rendirse a la primera. Como es normal, el Senado se negó a aceptar las condiciones del acuerdo y recriminaron la cobardía de Mancino y la valentía de Tiberio Graco que salvó a miles de romanos. De este modo, enviaron a Mancino de vuelta a Numancia, donde, una vez desnudado frente a las murallas de la ciudad, fue entregado: Roma no aceptaba a Mancino como uno de los suyos, así que los numantinos podían quedarselo. Pese a las risas que se debieron oír desde las murallas de Numancia, no aceptaron al pobre Mancino entre ellos, así que este volvió a Roma, derrotado y humillado.

A partir de aquí la historia de Mancino se vuelve turbia pero parece que, en un intento de darle la vuelta a la tortilla, encargó una estatua de él mismo desnudo y encadenado, que colocó en un lugar destacado de su casa, para que todos sus invitados pudieran comprobar que su anfitrión estaba dispuesto a sacrificarse por el bien de la República. Y es que, según apuntaba Plutarco sobre él: “varón no vituperable, pero el general más desgraciado de todos los romanos.

Numancia

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